lunes, 17 de diciembre de 2012

Bondades, vilezas y sus relativos


Entré al baño cerrando la puerta de un golpe. Me incliné sobre el lavabo, sujetando la fría porcelana con ambas manos. Inspiré un par de veces para serenarme y alcé la vista. El espejo me devolvía la imagen de una desconocida de mirada circunspecta, sombría y defensiva.

Se abrió la puerta y vi cómo se asomaba cauteloso.

- ¿A qué ha venido eso?- preguntó mientras cerraba la puerta frunciendo ligeramente el ceño.

- Viene a que estoy harta. Harta de ser a quién todo el mundo pide favores pero a quien nadie se los hace. Estoy cansada de sonreír tímidamente para que os sintáis mejor. Harta de ser la chica buena y tonta que sólo sirve de perchero. Harta de creer que el karma existe y que por cada buena acción que haga más respeto y cariño obtendré de aquellos que ni siquiera me tienen en consideración. Ya no quiero ser un puto cero a la izquierda, el ser invisible que solo cobra vida cuando conviene.

Me giré hacia él y con voz impasible dije:

- Ahora seré yo la mala. Miraré por mí y sólo por mí, porque es lo que todo el mundo hace. Hablaré cuando me dé la gana, y poco me importará si con ello ofendo a alguien. No me pidas nada más. ‘No’ será a partir de ahora mi adverbio favorito. Me retiro de este juego al que nunca debí acceder a jugar. Te desearía que todo te fuese bien, pero eso ya no va con mi nuevo yo. Así que, adiós.

Me acerqué a la puerta con claras intenciones de dejarle allí, sorprendido, aturdido, confuso, no me importaba cómo. Pero fue más rápido y, sujetándome de un brazo, me volvió hacia él.

- No funcionará.- me dijo.- Tú no puedes ser la chica mala.

- Ponme a prueba.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Mamá, quiero ser espía


Volviendo a casa de una sesión de cine, lo vi todo claro: quiero ser espía. Un agente infiltrado en el alto mando de una banda terrorista que planea destruir el mundo tal y como lo conocemos. Y en el último minuto, desbaratar sus planes, salvar el mundo y quedarme con el chico.

No sé si la razón de esto es la facilidad con la que soy hábilmente embrujada en una sala oscura, con sonido surround y una gigantesca pantalla que emite 24 fotogramas por segundo, o si es más por vocación. Teniendo en cuenta mi pésima forma física, mi paupérrimo coraje y, para qué engañarnos, la holgazanería innata que me caracteriza, creo que me decanto por lo primero.

El mundo fílmico puede llegar a tener una influencia espeluznante. Solo hacen falta noventa minutos y un cerebro por amasar para crear la ilusión de espía, magnate de Wall Street, arqueólogo, vampiro, abogado de causas perdidas o, por qué no, barbero diabólico en el Londres victoriano del siglo XIX.

Por suerte o por desgracia, es una ilusión pasajera que se evapora poco a poco al salir del cine. Minutos después, volvemos a la realidad de nuestras vidas, a la oficina de seguros, a la charcutería del pueblo, a la barra del bar, al trapo y al limpiacristales. Hasta la próxima película.

domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Horror y/o placer?


Tras algunas reflexivas lecturas de críticas literarias que pululan por Internet, he decidió lanzarme a la piscina y, con mucho morro y poca experiencia en el arte del análisis novelístico, hacer una muy subjetiva crítica del último libro que ha caído en mis manos. Se trata de un libro del que muchos y muchas (sobretodo muchas) habréis oído hablar: Cincuenta sombras de Grey. Para los que no hayan tenido el placer (y nunca mejor dicho…), os pongo en contexto: Cincuenta sombras de Grey es el primer libro de una trilogía erótica que nos narra la historia de Anastacia Steele, una universitaria que, tras conocer a un joven multimillonario con unas prácticas sexuales de lo más peculiares, empieza una lucha interna entre aquello que considera correcto y aquello que raya la ignominia.

Desde una perspectiva general, y como signo de mi ya conocida bipolaridad, no sabría deciros si el libro me ha encantado u horrorizado hasta extremos impensables. En una contienda parecida a la de la protagonista, me debato entre el espanto producido con la narración de escenas excesivamente depravadas y la sorprendente rapidez con la que he devorado el libro (3 días), la cual puede parecer el resultado de cierto gusto por este tipo de lecturas.

Cincuenta sombras de Grey no es una novela erótica corriente. Insisto, hablo desde la más profunda ignorancia en erotismo y concupiscencia; pero siempre he pensado en lo erótico desde una visión más sexualmente romántica. Por ejemplo, sería sensual o erótico comer fresas con chocolate en la bañera de casa, un masaje con lengua o las friegas con aceite corporal mientras suena una música lenta y acompasada a los propios movimientos del cuerpo. Por el contrario, y como único ejemplo que voy a nombrar, pues tampoco quiero desvelar el misterio para aquellos que no hayan leído el libro, estarían visiblemente alejados de lo que entiendo como placer erótico los azotes con fusta en la zona sexual. Es por ello que añadiría al calificativo erótico con el que publicitan la trilogía otro más acorde con algunas bestialidades que narra.

Además, en Cincuenta sombras de Grey se trata el tema de la sumisión desde un punto de vista sexual (como no). Creo que el siguiente vídeo lo explica a la perfección:



Dejando a un lado mi fascinación por la masculina y atrayente voz que dobla de forma tan seductora este vídeo (hagámosle la ola al realizador del casting por su buen ojo/oído) y centrándonos en aquello que dice y no en cómo lo dice, me pregunto cómo es posible que ser esclavo o sumiso de alguien pueda provocarte deleite alguno. El caso contrario, ser tú el amo y señor, podría comprenderlo (que no aceptarlo) ya que de todos es sabido que el poder siempre produce cierta satisfacción. Pero, ¿qué problema mental puede llevar a una persona a ser tratada de forma vejatoria y disfrutar con ello? Y peor aún, ¡¿qué diablos le ocurre a alguien que lee historias así y encima le gustan?! Porque E.L. James, la autora de Cincuenta sombras de Grey, ha vendido 20 millones de ejemplares hasta la fecha.
¿En qué sociedad depravada vivimos?

A raíz de esta trilogía con tintes sadomasoquistas, se han llegado a producir divorcios por la negación de la pareja en la puesta en práctica de algunas de las escenas violentamente sexuales que narra el libro. Es el caso de una mujer inglesa que pidió el divorcio a su marido porque éste se negó a asfixiarla para alargarle el orgasmo. Perdonad la vulgar expresión pero ¿¡ESTAMOS LOCOS O QUÉ!?

Con esto no quiero menospreciar la calidad del libro (ya he dicho antes que no puedo adjudicarle plaza en la estantería de favoritos ni tampoco quemarlo en la hoguera). Cincuenta sombras de Grey tiene escenas muy bestiales, aunque también es cierto que, dejando a un lado los momentos de vicio degradante, tiene su mensaje: la lucha interminable de toda persona por dilucidar entre lo correcto y lo inadecuado, cuyos límites en muchas ocasiones se desdibujan fundiéndose en una maraña incoherente, contradictoria e ilógica. Además, hay que reconocer que leer Cincuenta sombras de Grey es mucho más educativo que ver una película porno, al menos aprendes ortografía, gramática y, por qué no, vocabulario especializado.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El otro lado de la felicidad


Se habían reencontrado por casualidad. Lola saliendo del supermercado, Cristina esperando al taxi. Lola y Cristina, las dos mejores amigas de la juventud. Inseparables.

Lola notó a su amiga muy cambiada, parecía más madura y un aire de triunfo y satisfacción  la envolvía. Estuvieron charlando un par de minutos. Cristina le contó cuán feliz era, la vida maravillosa que tenía junto a sus hijos y su marido y que, además, era una de las mejores abogadas del bufete. Cuando se despidieron, Cris subió al taxi lanzando un beso hacia Lola, quien le contestó sonriendo. Se alegraba de que todo le fuera bien. De joven ya se le veía triunfadora y parecía que sus sueños se habían cumplido. Derrochaba tanta alegría que por eso no había querido enturbiar el momento contándole sus problemas. Eran amigas. Seguían siéndolo a pesar de la distancia. Y, por ello, quería que Cristina continuase siendo feliz.

Envidiaba su fortuna, pero de una manera sana. No le deseaba ningún mal a su amiga, al contrario, aunque sabía que con cada incremento de la felicidad de Cristina, su propia alegría disminuía. Era el otro lado de su felicidad. Una merma de dicha fruto de la comparación de sus vidas. Una tan próspera y otra tan malgastada.

Pero la vida era la que era y Cristina se merecía todo lo bueno que le pasase. Lola se subió la cremallera y siguió andando.

domingo, 28 de octubre de 2012

Una calle cotidiana, una mañana rutinaria, un día comúnmente ordinario


Era una calle cotidiana de una mañana rutinaria de un día comúnmente ordinario, un trasiego de gente ocupaba la acera. Iban de aquí para allá, parejas sonrientes, niños a brazos de sus padres, solitarios hombres y mujeres de negocios adelantando y esquivándose entre ellos con un maletín en una mano y el móvil en la otra.

En medio de aquel bullicio, y pasando totalmente desapercibida, una anciana sin nombre recorría la calle cotidiana en aquella mañana rutinaria de ese día comúnmente ordinario. Sus lentos andares contrastaban con el trasiego de su alrededor. Encogida dentro de su chal, refugiándose de un aire frío que parecía no afectar al resto, la anciana deambulaba errante mientras pesadas lágrimas corrían por sus mejillas. En sus temblorosas manos, envuelto en un puño, sostenía un pañuelo empapado que absorbía de vez en cuando los restos de su lamento. No hacía ruido alguno, tan solo lloraba y andaba en silencio, sin rumbo, absorta en sus pesares. Nadie a su alrededor parecía percatarse de su pena y la anciana continuó vagando desolada.

En la esquina de aquella cotidiana calle, a escasos metros de la anciana, un autobús esperaba a que fueran las 8:00 para arrancar. Con todos los asientos ocupados y un par de pasajeros de pie, el conductor miró el reloj: 7:59. Metió la llave en el contacto y giró.

Uno de los pasajeros, sentado justo detrás del asiento del conductor, vio por el espejo retrovisor de éste cómo una joven estudiante, mochila al hombro, corría en su dirección.

La chica voló los pocos metros que le distanciaban del autobús. Eufórica por haber llegado a tiempo y cuando tan solo un par de metros le separaban de la puerta, la joven paró en seco. La imagen afligida de aquella anciana que continuaba caminando a paso apático le volcó el ánimo. Olvidando el autobús, el examen que tenía más tarde y la carrera que se había dado para llegar a tiempo, avanzó hacia la anciana. Cuando llegó a su altura, la miró a los ojos un instante y la abrazó.

La anciana, sorprendida, se apoyó en su hombro y suspiró, echando en aquel suspiro buena parte del mal que le pesaba. Deshaciendo el reconfortante abrazo, la joven volvió a mirarle a los ojos y le sonrió, sonrisa que la anciana le devolvió gratamente y que continuó en su rostro arrugado mucho tiempo después mientras proseguía su camino, esta vez con andares menos pesados.

La joven cogió su mochila del suelo y se giró hacia el autobús justo cuando éste cerraba la puerta dispuesto a emprender la ruta. Corrió los dos últimos metros aun a sabiendas de que serviría de poco. Eran ya las 8:00h y ese conductor siempre era muy puntual.

Dentro del autobús, el pasajero sentado detrás del conductor había sido un silencioso espectador de aquella conmovedora escena y, enternecido por la actitud compasiva de la joven, pidió al conductor que parase, pues todavía falta una pasajera.

Milagrosamente, aquel conductor minucioso con la puntualidad le hizo caso y esperó a que la joven subiera. Dándole las gracias con la sonrisa que todavía perduraba en su rostro, la joven pagó el billete y se sentó en el asiento que un joven le ofrecía.

Sentada justo detrás del conductor, la joven estudiante se disponía a abrir los apuntes y repasar los minutos que durase el trayecto cuando, alertada por un grito, alzó la vista justo para ver cómo un camión, saltándose el semáforo a rápida velocidad, pasaba a pocos centímetros de la parte delantera del autobús, aún parado en la esquina de aquella calle cotidiana esa mañana rutinaria de un día comúnmente ordinario.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Un desencanto más


Otra noche de insomnio. Un ‘bip’ inesperado. Una emoción que embarga. Una sonrisa imparable. Una ilusión desmedida. Una contestación provocadora. Una risilla tonta. Una espera intranquila. Una conversación a medias. Solo una parte interesada. Una insulsa despedida. De fondo, una canción de Álex Ubago. Una media naranja convertida en limón. Una botella de tequila. Un kilo de sal. Otra solitaria noche por delante.

sábado, 1 de septiembre de 2012

El club de los poetas muertos


<<El señor Anderson cree que todo lo que lleva dentro es inútil y embarazoso. ¿Verdad que sí, Todd? Ése es su peor temor. Pues se equivoca. Yo creo que lleva algo dentro de usted de gran valor. “Resuena mi bárbaro gañido sobre los techos del mundo, Walt Whitman”>>.
El club de los poetas muertos

En ocasiones nos sentimos como Todd Anderson. Ínfimos, fútiles, alicaídos. Parece que cada uno de los pensamientos que nos recorren sean retales de un ayer caducado, sombras de un futuro postrado al descalabro. Nos consideramos seres incorpóreos cuyo paso por el mundo no es más que una mera transición. Entes insustanciales sin voz ni voto. Opiniones erróneas dignas de ser desdeñadas.

Nos parece un sentimiento lógico, razonable. Hasta que un día ponemos en marcha nuestro deslucido raciocinio, y comprendemos. No somos ni hemos sido insignificantes. Nuestras ideas y propósitos son tan válidos como los de cualquiera. Pocas personas en el mundo merecen el calificativo de “admirable”, y los que así se lo han ganado, lo rechazan respetuosamente, con una modestia que dista mucho de esa envanecida actitud que tanto merma nuestra confianza.

Estamos todos, por tanto, en un mismo nivel. Y la altitud del mundo variará solo en función de nuestro ánimo. Existirán bellos instantes en los cuales nos maravillaremos de la filantropía de la raza humana y momentos donde la perversidad hará que el rasante por el cual medimos la sociedad lleve a ésta a decaer hasta los límites del submundo.

Pero siempre todos a idéntica altura. Y si, por algún casual, sentimos que nuestro peldaño desciende, aunque tan solo sea a escasos metros del resto, daremos un paso haciendo resonar nuestro bárbaro gañido sobre los techos del mundo.

martes, 28 de agosto de 2012

Porque / ¿Por qué?


Porque cuando dice ven, tú lo dejas todo. Porque resultas un fracaso, un fraude continuo. Porque el mañana no puede ser mejor. Porque el cambio no va contigo. Porque no sabes decir que no, ni tampoco que sí. Porque cuando la mañana clarea, tu mente oscurece. Porque la noche tampoco ayuda nada. Porque sabes que bajas en picado y tu cuerpo no reacciona. Porque ya no hay solución. Porque innumerables esfuerzos no han valido la pena. Porque te sirves de clichés para todo. Porque piensas que no mereces nada, aunque lo ansíes todo. Porque la miseria te corroe. Porque nada se muestra apetecible. Porque ya nada te seduce. Porque… Porque… Porque…

Porque la gracia está en que estas frases pueden ser inconsolables y abrumadoras afirmaciones o llegar a convertirse en preguntas subsanables. Todo depende de una leve variación del tono al final de cada oración.

lunes, 4 de junio de 2012

Palabras que atrapan


En esta vertiginosa época tecnológica llena de televisores FULL HD, salas de cine en 3D, iPhones, tablets y demás aparatos dificilísimos de manejar cuyos nombres desconozco, cosa que además me resbala bastante, todavía resiste, no sin esfuerzo, uno de los mejores inventos jamás creados: el libro.

Por más que lo intento, no consigo encontrar una sola pega por la que oponerme a esta maravilla. Quizá la causa de ello sea que todavía sigo bajo los efectos vigorizantes de una lectura emocionante e irresistible. Y ya era hora, pues después de meses y meses leyendo nada más que textos académicos, semióticos y psicoanalíticos, a penas recordaba el gusto que da leer solo por puro placer.

Este efectivo tónico, que a simple vista tan solo aparenta ser un compuesto de palabras inocentes formando frases inofensivas que parecen alinearse de forma desintencionada, tiene el poder de adentrarte en un universo de ficción y hacerte partícipe de cuanto acontece.

Los primeros capítulos son una especie de trámite, una introducción donde te presentan la historia, los personajes y la ilusión de un posible nudo, desafiándote a continuar leyendo. Si aceptas el reto, si continúas leyendo, ya estás perdido. Al cabo de unas páginas, estás tan metido en la historia que sientes que en verdad está ocurriendo.

A tu alrededor todo desaparece, tan solo estás tú y el universo fantástico que tu mente crea mientras lees. Sientes pena cuando el protagonista se entristece, sonríes con las agudas bromas que intercala el escritor, saltas de emoción en los puntos más palpitantes de la historia y, cuando llegas al punto álgido, te mantienes quieto, inmóvil, como si cualquier movimiento pudiese desencadenar la catástrofe.

Cuando terminas el libro, un sentimiento contradictorio te invade. Te aflige el saber que todo ha terminado, que aquel universo mágico ha vuelto a desaparecer y no volverá, al menos hasta que otro libro caiga en tus manos. Quizá te reproches haberlo leído con demasiada rapidez, pero el afán por conocer, por experimentar y por emocionarte ha sido irrefrenable. Además, una enorme satisfacción, un regocijo interno, se abre paso a través de la marabunta de emociones que te asaltan y recreas mentalmente la historia que acabas de leer, que acabas de vivir, recordando las palabras que te han mantenido atrapado durante el tiempo que ha durado la lectura, ya sea un mes, una semana o incluso un día. Y, todavía con una sonrisa en los labios, cierras el libro sabiendo que, sea el tiempo que sea, ha valido la pena.

sábado, 19 de mayo de 2012

Sé feliz para que yo también pueda serlo


Hay que ver con qué facilidad se mina la esperanza, la ilusión de un mundo mejor, un mundo perfecto, un lugar idílico y utópico lleno de perspectivas optimistas.

Vivimos en un mundo sombrío, de esperanzas vanas, ilusorias, irreales. Deseamos con todas nuestras fuerzas alcanzar un objetivo, luchamos y, en ocasiones, lo conseguimos. Sentimos entonces una inmensa alegría por haber superado nuestras limitaciones, por haber alcanzado lo inalcanzable, por no haber sucumbido a la desesperación y al desánimo que nos acechaba. Pero esta emoción dura un breve instante, pues es una felicidad solitaria. Un gozo que tan solo disfrutas tú y, con suerte, algún alma filántropa que todavía resista.

Tu alrededor no comparte la misma sensación. Para el resto tan solo eres la prueba de que ellos no lo han conseguido. Eres el testimonio de su fracaso.

Te sientes herido, defraudado, ya no queda nada de aquella alegría que con tanta viveza habías esperado. Por ello, cuando las tornas cambien, cuando sean ellos los triunfadores, en ese momento serás tú su piedra en el camino de la gloria. Serás quien se interponga entre el esfuerzo y el resultado satisfactorio. Ojo por ojo.

Y ese tira y afloja continuará hasta el fin de los días, a menos que cambiemos. En nuestra mano está evolucionar. Canjear pesimismo por optimismo, un ceño fruncido por una sonrisa motivadora, una zancadilla por un apretón de manos, una frase agorera por otra alentadora. Porque, aunque no queramos admitirlo, nos necesitamos. Necesitamos el apoyo de la sociedad. De vez en cuando nos urge una ayuda desinteresada que nos auxilie cuando cruzamos uno de tantos socavones en nuestro camino. Necesitamos que nos echen una mano, pero no al cuello.

Hagamos el esfuerzo. Sé feliz para que yo también pueda serlo.

lunes, 14 de mayo de 2012

Ver la luz al final del túnel


A mí, la frase “ver la luz al final del túnel” me cabrea. Me cabrea mucho, porque es mentira. No existe. Es una utopía. Mentiras. Falacias. Una trola como un piano. Antes me creo que Los Serrano fue un sueño de Resines.

Pero volvamos a esa luz al final del túnel. Para ello, situémonos. Tú te encuentras sumido en la más profunda oscuridad. Las paredes curvadas de esa lúgubre cueva, en la que te has metido no sabes bien cómo, tienden a encogerse más y más. Llevas así días, meses, años. Ni se sabe. Has perdido la noción del tiempo.

Entonces, lo inesperado. Vislumbras una tenue luz al final del túnel. Te acercas a ella alegre y jocoso. Es la primera vez que la ves y te parece tan bonita… Llegas a ella y, de repente, empieza a titilar. Te asustas. Por momentos, la oscuridad gana terreno hasta que, efectivamente, vence. Y te encuentras en el mismo punto de antes. El mismo túnel, ahora sin luz.

La situación se repite una y otra vez a lo largo del tiempo. Atisbas la luz a lo lejos y cuando llegas, mengua. Una y otra vez. Solo que cada vez que ocurre, algo en ti cambia. Ya no eres el chico vital y enérgico que se enfrentó a su primer pasillo subterráneo. Las esperanzas y sus posteriores desilusiones te han mellado el espíritu.

Y es entonces cuando te percatas: no hay luz al final porque no existe un final. La vida es siempre el mismo túnel, solo que algunos tienen ciertos problemas eléctricos. Para ellos solo queda la resignación. O comprarse una linterna.

lunes, 2 de abril de 2012

Consejos

Cuando uno está perdido, desorientado, indeciso ante el próximo movimiento en la extensa partida que juega día a día, se encuentra ávido de consejo. Ansía que alguien, quien sea, un padre, un amigo, un agudo orador o incluso un tweet desconocido, le proporcione la respuesta que tanto anhela.

Aunque parezca lo contrario, encontrar consejo no es una ardua tarea. El mundo está lleno de ellos. Todos nosotros, en locos arranques de vanidad, hemos aconsejado, para bien o para mal. Tenemos interiorizado un ineludible arrebato que nos impulsa a, una vez conocido el malestar que turba a nuestro prójimo, resolverle el dilema. Porque pensamos que algo dicho con convicción zanja el problema. Así que, con voz seria y decidida le recitamos esa frase grandilocuente que esperaba oír.

Y nos quedamos doblemente satisfechos: hemos superado la prueba (no somos tan estúpidos como parecemos) y, además, parece que incluso le ha servido de ayuda.

Puede que eso sea así o simplemente hayamos jodido la marrana. Quizás el receptor de nuestro consejo lo ponga en práctica y descubra un nefasto resultado. En cualquier caso, el consejo tiene, momentáneamente, un efecto terapéutico para ambos.

Es cierto que existen buenos y malos consejos, pero la mayoría son imposibles de clasificar. Algunos son afables, otros dichos con maldad. Los hay inspiradores, aunque también confusos. A veces tropezamos con consejos innecesarios o incoherentes. Pero todos tienen un propósito. ¿Socorrer al prójimo o glorificarse a sí mismo? Quién sabe. Yo, mientras tanto, elijo creer en la humanidad.

viernes, 30 de marzo de 2012

Las comparaciones son odiosas

A veces emprendemos planes que no ansiamos seguir, gritamos palabras que no queríamos decir, nos conmueven emociones que no deberíamos sentir. Y nos culpamos, y sufrimos. Somos estúpidos. Seres incontrolables, ilógicos. Locos irracionales.

En este estado de paranoia máxima, tendemos a mirar a nuestro alrededor y a cometer el peor error posible: comparar. Con nuestro estado de ánimo allá por el subsuelo, parece que el resto del mundo vive de maravilla. Sus vidas son perfectas, idílicas, insuperables. Mientras, la nuestra se ahoga en un vaso medio vacío. Ya lo dice el título, las comparaciones son odiosas.

Pero, como seres estúpidos que somos, nos equivocamos. Ni ellos son tan espléndidos, ni nosotros tan anodinos. Estamos cortados por el mismo patrón. Somos iguales. Tan solo hemos de esperar. La vida es un continuo parque de atracciones, un Disneyland París para los más afortunados, un Terra Mítica para otros. Pero un parque de atracciones al fin y al cabo, cuya atracción capital es la montaña rusa. De arriba abajo, de abajo a arriba. Como un actor porno.

La clave está en disfrutar al máximo aquellos instantes en lo alto para que su recuerdo nos deje un buen sabor de boca mientras aguardamos esperanzados a volvernos a elevar.

Así pues, goza, deléitate con tus alegrías, regocíjate en ellas. Y luego, tan solo espera.


jueves, 16 de febrero de 2012

El placer de no hacer nada

En un mundo acelerado, donde todos tienen miles de cosas en mente, abundantes cometidos, donde la gente va de aquí para allá bien por trabajo bien por placer, donde la frase “aquello que más esfuerzo cuesta es lo que realmente vale la pena” es el referente, en ese mundo puede que “el placer de no hacer nada” suene a equívoco. Pero no es así. O quizás sí. Y solo sea problema mío.

Cuando se tiene una larga lista de tareas pendientes, algunas pasadas, otras presentes y la mayoría futuras, que va in crescendo a cada minuto, lo lógico es ponerse manos a la obra. Es lo que haría alguien sensato, cuerdo y responsable, rigiéndose por ese dicho popular agudo y sentencioso de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

Cuando tenemos esta dilatada lista de quehaceres, se abren ante nosotros dos posibles caminos. Uno, secundar el refrán. Dos, no hacer nada. La convicción de emprender uno u otro trayecto tiene como propósito conquistar el mismo deseo: la cúspide de la felicidad. Si realizas todos tus cometidos, te invadirá un sentimiento de gozo. Un regocijo interno de satisfacción personal, laboral y/o académica. Si no los cumples, si regateas y te vas por la escuadra, este objetivo final de felicidad no solo será conseguido, sino que se alcanzará por anticipado. Si lo de hoy lo dejas para mañana, hoy serás feliz. Y mañana..., bueno, “mañana será otro día”.

domingo, 5 de febrero de 2012

Pánico al folio en blanco

En una habitación repleta,

un alma vacía sentada se encuentra.

Con montañas de papeles encima del escritorio,

pero siempre un pensamiento irrisorio.

Ni escritor, ni poeta

Tan solo una copia deshecha.

Huiría

si el miedo no le paralizara.

¡Qué más da!

Algo es mejor que nada.

Palabras bombardeadas

mas nada que escribir.

Frases marchitas,

un verso sin fin.


martes, 24 de enero de 2012

Por las falsas alegrías

El término “falso” es un concepto incomprendido. Si buscamos en un diccionario de sinónimos, a la palabra “falso” le acompaña una sucesión de adjetivos peyorativos. A algo falso se le tacha de fingido, fraudulento, amañado. “Falso” está rodeado de mentiras, oscuridad, demagogia, un ambiente lúgubre en comparación con su antónimo “verdad”. Si no es verdadero, es falso. Parece que todo se viste de contrastes radicales.

Pues, bien, me niego a creer en ello. Hay falsos instantes que merecen su gloria. Nos encontramos momentos en nuestro día a día que realmente no existen. Son producto de pasiones disparatadas e irracionales, características de una imaginación febril. Una mente aburrida y juguetona que se empeña en construir castillos en el aire.

Nuestra fantasía nos hace creer que no se le ha metido una mota de polvo en el ojo, sino que nos estaba guiñando un ojo, nos hace pensar que hay algo oculto en ese paseo por el río. Nos induce a lucir una sonrisa cuando salimos del último examen del año, aunque no haya salido del todo bien. Nos crea la falsa imagen de que lo imposible se ha podido lograr.

Todo es falso, es mentira. Pero nos hace felices. Crea una burbuja de gozo y emoción que hace palpitar el pulso a velocidades descontroladas, tararear canciones que ni tan siquiera se han inventado y lucir una sonrisa contagiosa en el rostro.

Y qué queréis que os diga, a veces, eso es mejor que nada.

jueves, 5 de enero de 2012

El cuadro

En el cuadro dibujado había un hombre. Un hombre montado sobre un caballo negro, salvaje pero manso, pasivo quizá al sentir la calma de su jinete o tal vez solo era el ligero sonido del riachuelo que a punto estaban de cruzar aquél que apaciguaba su naturaleza indómita. Sea como fuere, ambos permanecían inmóviles, impasibles.

Ante ellos, se alzaba un señorial puente tan elevado que no dejaba descubrir el final. Detrás suya, un desolado bosque, oscuro y triste. El Sol, a lo lejos, brillaba con fuerza, alentándoles a seguir. Mientras, el hombre permanecía quieto. Pensativo.

Probablemente esté pensando en su siguiente paso. Cruzar el puente sin cerciorarse en dónde desembocaría o dar marcha atrás e ir por el bosque, decaído pero seguro. Por la posición en la que habían sido pintados, se aseguraba el objetivo de cruzar el puente.

Lo que el hombre no podía ver es que tras esa gigantesca pasarela se elevaban centenares de puentes más. Unos muy empinados, otros con tan solo un par de escalones, algunos eran larguísimos, aunque también habían que lo eran menos.

Aún así, el hombre y su caballo permanecían impertérritos. Sin importarles aquello que sobrevenía. Dispuestos a afrontar todos los obstáculos que la dura mano del pintor quisiera dibujar en su camino.