lunes, 17 de diciembre de 2012
Bondades, vilezas y sus relativos
sábado, 24 de noviembre de 2012
Mamá, quiero ser espía
domingo, 18 de noviembre de 2012
¿Horror y/o placer?
domingo, 4 de noviembre de 2012
El otro lado de la felicidad
domingo, 28 de octubre de 2012
Una calle cotidiana, una mañana rutinaria, un día comúnmente ordinario
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Un desencanto más
sábado, 1 de septiembre de 2012
El club de los poetas muertos
martes, 28 de agosto de 2012
Porque / ¿Por qué?
lunes, 4 de junio de 2012
Palabras que atrapan
sábado, 19 de mayo de 2012
Sé feliz para que yo también pueda serlo
lunes, 14 de mayo de 2012
Ver la luz al final del túnel
lunes, 2 de abril de 2012
Consejos
Cuando uno está perdido, desorientado, indeciso ante el próximo movimiento en la extensa partida que juega día a día, se encuentra ávido de consejo. Ansía que alguien, quien sea, un padre, un amigo, un agudo orador o incluso un tweet desconocido, le proporcione la respuesta que tanto anhela.
Aunque parezca lo contrario, encontrar consejo no es una ardua tarea. El mundo está lleno de ellos. Todos nosotros, en locos arranques de vanidad, hemos aconsejado, para bien o para mal. Tenemos interiorizado un ineludible arrebato que nos impulsa a, una vez conocido el malestar que turba a nuestro prójimo, resolverle el dilema. Porque pensamos que algo dicho con convicción zanja el problema. Así que, con voz seria y decidida le recitamos esa frase grandilocuente que esperaba oír.
Y nos quedamos doblemente satisfechos: hemos superado la prueba (no somos tan estúpidos como parecemos) y, además, parece que incluso le ha servido de ayuda.
Puede que eso sea así o simplemente hayamos jodido la marrana. Quizás el receptor de nuestro consejo lo ponga en práctica y descubra un nefasto resultado. En cualquier caso, el consejo tiene, momentáneamente, un efecto terapéutico para ambos.
Es cierto que existen buenos y malos consejos, pero la mayoría son imposibles de clasificar. Algunos son afables, otros dichos con maldad. Los hay inspiradores, aunque también confusos. A veces tropezamos con consejos innecesarios o incoherentes. Pero todos tienen un propósito. ¿Socorrer al prójimo o glorificarse a sí mismo? Quién sabe. Yo, mientras tanto, elijo creer en la humanidad.
viernes, 30 de marzo de 2012
Las comparaciones son odiosas
A veces emprendemos planes que no ansiamos seguir, gritamos palabras que no queríamos decir, nos conmueven emociones que no deberíamos sentir. Y nos culpamos, y sufrimos. Somos estúpidos. Seres incontrolables, ilógicos. Locos irracionales.
En este estado de paranoia máxima, tendemos a mirar a nuestro alrededor y a cometer el peor error posible: comparar. Con nuestro estado de ánimo allá por el subsuelo, parece que el resto del mundo vive de maravilla. Sus vidas son perfectas, idílicas, insuperables. Mientras, la nuestra se ahoga en un vaso medio vacío. Ya lo dice el título, las comparaciones son odiosas.
Pero, como seres estúpidos que somos, nos equivocamos. Ni ellos son tan espléndidos, ni nosotros tan anodinos. Estamos cortados por el mismo patrón. Somos iguales. Tan solo hemos de esperar. La vida es un continuo parque de atracciones, un Disneyland París para los más afortunados, un Terra Mítica para otros. Pero un parque de atracciones al fin y al cabo, cuya atracción capital es la montaña rusa. De arriba abajo, de abajo a arriba. Como un actor porno.
La clave está en disfrutar al máximo aquellos instantes en lo alto para que su recuerdo nos deje un buen sabor de boca mientras aguardamos esperanzados a volvernos a elevar.
Así pues, goza, deléitate con tus alegrías, regocíjate en ellas. Y luego, tan solo espera.
jueves, 16 de febrero de 2012
El placer de no hacer nada
En un mundo acelerado, donde todos tienen miles de cosas en mente, abundantes cometidos, donde la gente va de aquí para allá bien por trabajo bien por placer, donde la frase “aquello que más esfuerzo cuesta es lo que realmente vale la pena” es el referente, en ese mundo puede que “el placer de no hacer nada” suene a equívoco. Pero no es así. O quizás sí. Y solo sea problema mío.
Cuando se tiene una larga lista de tareas pendientes, algunas pasadas, otras presentes y la mayoría futuras, que va in crescendo a cada minuto, lo lógico es ponerse manos a la obra. Es lo que haría alguien sensato, cuerdo y responsable, rigiéndose por ese dicho popular agudo y sentencioso de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.
Cuando tenemos esta dilatada lista de quehaceres, se abren ante nosotros dos posibles caminos. Uno, secundar el refrán. Dos, no hacer nada. La convicción de emprender uno u otro trayecto tiene como propósito conquistar el mismo deseo: la cúspide de la felicidad. Si realizas todos tus cometidos, te invadirá un sentimiento de gozo. Un regocijo interno de satisfacción personal, laboral y/o académica. Si no los cumples, si regateas y te vas por la escuadra, este objetivo final de felicidad no solo será conseguido, sino que se alcanzará por anticipado. Si lo de hoy lo dejas para mañana, hoy serás feliz. Y mañana..., bueno, “mañana será otro día”.
domingo, 5 de febrero de 2012
Pánico al folio en blanco
En una habitación repleta,
un alma vacía sentada se encuentra.
Con montañas de papeles encima del escritorio,
pero siempre un pensamiento irrisorio.
Ni escritor, ni poeta
Tan solo una copia deshecha.
Huiría
si el miedo no le paralizara.
¡Qué más da!
Algo es mejor que nada.
Palabras bombardeadas
mas nada que escribir.
Frases marchitas,
un verso sin fin.
martes, 24 de enero de 2012
Por las falsas alegrías
El término “falso” es un concepto incomprendido. Si buscamos en un diccionario de sinónimos, a la palabra “falso” le acompaña una sucesión de adjetivos peyorativos. A algo falso se le tacha de fingido, fraudulento, amañado. “Falso” está rodeado de mentiras, oscuridad, demagogia, un ambiente lúgubre en comparación con su antónimo “verdad”. Si no es verdadero, es falso. Parece que todo se viste de contrastes radicales.
Pues, bien, me niego a creer en ello. Hay falsos instantes que merecen su gloria. Nos encontramos momentos en nuestro día a día que realmente no existen. Son producto de pasiones disparatadas e irracionales, características de una imaginación febril. Una mente aburrida y juguetona que se empeña en construir castillos en el aire.
Nuestra fantasía nos hace creer que no se le ha metido una mota de polvo en el ojo, sino que nos estaba guiñando un ojo, nos hace pensar que hay algo oculto en ese paseo por el río. Nos induce a lucir una sonrisa cuando salimos del último examen del año, aunque no haya salido del todo bien. Nos crea la falsa imagen de que lo imposible se ha podido lograr.
Todo es falso, es mentira. Pero nos hace felices. Crea una burbuja de gozo y emoción que hace palpitar el pulso a velocidades descontroladas, tararear canciones que ni tan siquiera se han inventado y lucir una sonrisa contagiosa en el rostro.
Y qué queréis que os diga, a veces, eso es mejor que nada.
jueves, 5 de enero de 2012
El cuadro
En el cuadro dibujado había un hombre. Un hombre montado sobre un caballo negro, salvaje pero manso, pasivo quizá al sentir la calma de su jinete o tal vez solo era el ligero sonido del riachuelo que a punto estaban de cruzar aquél que apaciguaba su naturaleza indómita. Sea como fuere, ambos permanecían inmóviles, impasibles.
Ante ellos, se alzaba un señorial puente tan elevado que no dejaba descubrir el final. Detrás suya, un desolado bosque, oscuro y triste. El Sol, a lo lejos, brillaba con fuerza, alentándoles a seguir. Mientras, el hombre permanecía quieto. Pensativo.
Probablemente esté pensando en su siguiente paso. Cruzar el puente sin cerciorarse en dónde desembocaría o dar marcha atrás e ir por el bosque, decaído pero seguro. Por la posición en la que habían sido pintados, se aseguraba el objetivo de cruzar el puente.
Lo que el hombre no podía ver es que tras esa gigantesca pasarela se elevaban centenares de puentes más. Unos muy empinados, otros con tan solo un par de escalones, algunos eran larguísimos, aunque también habían que lo eran menos.
Aún así, el hombre y su caballo permanecían impertérritos. Sin importarles aquello que sobrevenía. Dispuestos a afrontar todos los obstáculos que la dura mano del pintor quisiera dibujar en su camino.