Volviendo a casa de una sesión de
cine, lo vi todo claro: quiero ser espía. Un agente infiltrado en el alto mando
de una banda terrorista que planea destruir el mundo tal y como lo conocemos. Y
en el último minuto, desbaratar sus planes, salvar el mundo y quedarme con el
chico.
No sé si la razón de esto es la
facilidad con la que soy hábilmente embrujada en una sala oscura, con sonido surround y una gigantesca pantalla que
emite 24 fotogramas por segundo, o si es más por vocación. Teniendo en cuenta
mi pésima forma física, mi paupérrimo coraje y, para qué engañarnos, la
holgazanería innata que me caracteriza, creo que me decanto por lo primero.
El mundo fílmico puede llegar a
tener una influencia espeluznante. Solo hacen falta noventa minutos y un
cerebro por amasar para crear la ilusión de espía, magnate de Wall Street,
arqueólogo, vampiro, abogado de causas perdidas o, por qué no, barbero
diabólico en el Londres victoriano del siglo XIX.
Por suerte o por desgracia, es
una ilusión pasajera que se evapora poco a poco al salir del cine. Minutos
después, volvemos a la realidad de nuestras vidas, a la oficina de seguros, a
la charcutería del pueblo, a la barra del bar, al trapo y al limpiacristales.
Hasta la próxima película.
Tras algunas reflexivas lecturas
de críticas literarias que pululan por Internet, he decidió lanzarme a la
piscina y, con mucho morro y poca experiencia en el arte del análisis
novelístico, hacer una muy subjetiva crítica del último libro que ha caído en
mis manos. Se trata de un libro del que muchos y muchas (sobretodo muchas)
habréis oído hablar: Cincuenta sombras de
Grey. Para los que no hayan tenido el placer (y nunca mejor dicho…), os
pongo en contexto: Cincuenta sombras de
Grey es el primer libro de una trilogía erótica que nos narra la historia
de Anastacia Steele, una universitaria que, tras conocer a un joven
multimillonario con unas prácticas sexuales de lo más peculiares, empieza una
lucha interna entre aquello que considera correcto y aquello que raya la
ignominia.
Desde una perspectiva general, y
como signo de mi ya conocida bipolaridad, no sabría deciros si el libro me ha
encantado u horrorizado hasta extremos impensables. En una contienda parecida a
la de la protagonista, me debato entre el espanto producido con la narración de
escenas excesivamente depravadas y la sorprendente rapidez con la que he
devorado el libro (3 días), la cual puede parecer el resultado de cierto gusto
por este tipo de lecturas.
Cincuenta sombras de Grey no es una novela erótica corriente.
Insisto, hablo desde la más profunda ignorancia en erotismo y concupiscencia;
pero siempre he pensado en lo erótico desde una visión más sexualmente
romántica. Por ejemplo, sería sensual o erótico comer fresas con chocolate en
la bañera de casa, un masaje con lengua o las friegas con aceite corporal
mientras suena una música lenta y acompasada a los propios movimientos del
cuerpo. Por el contrario, y como único ejemplo que voy a nombrar, pues tampoco
quiero desvelar el misterio para aquellos que no hayan leído el libro, estarían
visiblemente alejados de lo que entiendo como placer erótico los azotes con
fusta en la zona sexual. Es por ello que añadiría al calificativo erótico con
el que publicitan la trilogía otro más acorde con algunas bestialidades que narra.
Además, en Cincuenta sombras de Grey se trata el tema de la sumisión desde un
punto de vista sexual (como no). Creo que el siguiente vídeo lo explica a la
perfección:
Dejando a un lado mi fascinación por
la masculina y atrayente voz que dobla de forma tan seductora este vídeo
(hagámosle la ola al realizador del casting por su buen ojo/oído) y
centrándonos en aquello que dice y no en cómo lo dice, me pregunto cómo es
posible que ser esclavo o sumiso de alguien pueda provocarte deleite alguno. El
caso contrario, ser tú el amo y señor, podría comprenderlo (que no aceptarlo)
ya que de todos es sabido que el poder siempre produce cierta satisfacción.
Pero, ¿qué problema mental puede llevar a una persona a ser tratada de forma
vejatoria y disfrutar con ello? Y peor aún, ¡¿qué diablos le ocurre a alguien
que lee historias así y encima le gustan?! Porque E.L. James, la autora de Cincuenta sombras de Grey, ha vendido 20 millones de ejemplares hasta la fecha.
Con esto no quiero menospreciar
la calidad del libro (ya he dicho antes que no puedo adjudicarle plaza en la
estantería de favoritos ni tampoco quemarlo en la hoguera). Cincuenta sombras de Grey tiene escenas
muy bestiales, aunque también es cierto que, dejando a un lado los momentos de
vicio degradante, tiene su mensaje: la lucha interminable de toda persona por
dilucidar entre lo correcto y lo inadecuado, cuyos límites en muchas ocasiones
se desdibujan fundiéndose en una maraña incoherente, contradictoria e ilógica.
Además, hay que reconocer que leer Cincuenta
sombras de Grey es mucho más educativo que ver una película porno, al menos
aprendes ortografía, gramática y, por qué no, vocabulario especializado.
Se habían reencontrado por
casualidad. Lola saliendo del supermercado, Cristina esperando al taxi. Lola y
Cristina, las dos mejores amigas de la juventud. Inseparables.
Lola notó a su amiga muy
cambiada, parecía más madura y un aire de triunfo y satisfacción la envolvía. Estuvieron charlando un par de
minutos. Cristina le contó cuán feliz era, la vida maravillosa que tenía junto
a sus hijos y su marido y que, además, era una de las mejores abogadas del
bufete. Cuando se despidieron, Cris subió al taxi lanzando un beso hacia Lola,
quien le contestó sonriendo. Se alegraba de que todo le fuera bien. De joven ya
se le veía triunfadora y parecía que sus sueños se habían cumplido. Derrochaba
tanta alegría que por eso no había querido enturbiar el momento contándole sus
problemas. Eran amigas. Seguían siéndolo a pesar de la distancia. Y, por ello,
quería que Cristina continuase siendo feliz.
Envidiaba su fortuna, pero de una
manera sana. No le deseaba ningún mal a su amiga, al contrario, aunque sabía
que con cada incremento de la felicidad de Cristina, su propia alegría
disminuía. Era el otro lado de su felicidad. Una merma de dicha fruto de la
comparación de sus vidas. Una tan próspera y otra tan malgastada.
Pero la vida era la que era y Cristina se merecía todo lo
bueno que le pasase. Lola se subió la cremallera y siguió andando.