sábado, 24 de noviembre de 2012

Mamá, quiero ser espía


Volviendo a casa de una sesión de cine, lo vi todo claro: quiero ser espía. Un agente infiltrado en el alto mando de una banda terrorista que planea destruir el mundo tal y como lo conocemos. Y en el último minuto, desbaratar sus planes, salvar el mundo y quedarme con el chico.

No sé si la razón de esto es la facilidad con la que soy hábilmente embrujada en una sala oscura, con sonido surround y una gigantesca pantalla que emite 24 fotogramas por segundo, o si es más por vocación. Teniendo en cuenta mi pésima forma física, mi paupérrimo coraje y, para qué engañarnos, la holgazanería innata que me caracteriza, creo que me decanto por lo primero.

El mundo fílmico puede llegar a tener una influencia espeluznante. Solo hacen falta noventa minutos y un cerebro por amasar para crear la ilusión de espía, magnate de Wall Street, arqueólogo, vampiro, abogado de causas perdidas o, por qué no, barbero diabólico en el Londres victoriano del siglo XIX.

Por suerte o por desgracia, es una ilusión pasajera que se evapora poco a poco al salir del cine. Minutos después, volvemos a la realidad de nuestras vidas, a la oficina de seguros, a la charcutería del pueblo, a la barra del bar, al trapo y al limpiacristales. Hasta la próxima película.

domingo, 18 de noviembre de 2012

¿Horror y/o placer?


Tras algunas reflexivas lecturas de críticas literarias que pululan por Internet, he decidió lanzarme a la piscina y, con mucho morro y poca experiencia en el arte del análisis novelístico, hacer una muy subjetiva crítica del último libro que ha caído en mis manos. Se trata de un libro del que muchos y muchas (sobretodo muchas) habréis oído hablar: Cincuenta sombras de Grey. Para los que no hayan tenido el placer (y nunca mejor dicho…), os pongo en contexto: Cincuenta sombras de Grey es el primer libro de una trilogía erótica que nos narra la historia de Anastacia Steele, una universitaria que, tras conocer a un joven multimillonario con unas prácticas sexuales de lo más peculiares, empieza una lucha interna entre aquello que considera correcto y aquello que raya la ignominia.

Desde una perspectiva general, y como signo de mi ya conocida bipolaridad, no sabría deciros si el libro me ha encantado u horrorizado hasta extremos impensables. En una contienda parecida a la de la protagonista, me debato entre el espanto producido con la narración de escenas excesivamente depravadas y la sorprendente rapidez con la que he devorado el libro (3 días), la cual puede parecer el resultado de cierto gusto por este tipo de lecturas.

Cincuenta sombras de Grey no es una novela erótica corriente. Insisto, hablo desde la más profunda ignorancia en erotismo y concupiscencia; pero siempre he pensado en lo erótico desde una visión más sexualmente romántica. Por ejemplo, sería sensual o erótico comer fresas con chocolate en la bañera de casa, un masaje con lengua o las friegas con aceite corporal mientras suena una música lenta y acompasada a los propios movimientos del cuerpo. Por el contrario, y como único ejemplo que voy a nombrar, pues tampoco quiero desvelar el misterio para aquellos que no hayan leído el libro, estarían visiblemente alejados de lo que entiendo como placer erótico los azotes con fusta en la zona sexual. Es por ello que añadiría al calificativo erótico con el que publicitan la trilogía otro más acorde con algunas bestialidades que narra.

Además, en Cincuenta sombras de Grey se trata el tema de la sumisión desde un punto de vista sexual (como no). Creo que el siguiente vídeo lo explica a la perfección:



Dejando a un lado mi fascinación por la masculina y atrayente voz que dobla de forma tan seductora este vídeo (hagámosle la ola al realizador del casting por su buen ojo/oído) y centrándonos en aquello que dice y no en cómo lo dice, me pregunto cómo es posible que ser esclavo o sumiso de alguien pueda provocarte deleite alguno. El caso contrario, ser tú el amo y señor, podría comprenderlo (que no aceptarlo) ya que de todos es sabido que el poder siempre produce cierta satisfacción. Pero, ¿qué problema mental puede llevar a una persona a ser tratada de forma vejatoria y disfrutar con ello? Y peor aún, ¡¿qué diablos le ocurre a alguien que lee historias así y encima le gustan?! Porque E.L. James, la autora de Cincuenta sombras de Grey, ha vendido 20 millones de ejemplares hasta la fecha.
¿En qué sociedad depravada vivimos?

A raíz de esta trilogía con tintes sadomasoquistas, se han llegado a producir divorcios por la negación de la pareja en la puesta en práctica de algunas de las escenas violentamente sexuales que narra el libro. Es el caso de una mujer inglesa que pidió el divorcio a su marido porque éste se negó a asfixiarla para alargarle el orgasmo. Perdonad la vulgar expresión pero ¿¡ESTAMOS LOCOS O QUÉ!?

Con esto no quiero menospreciar la calidad del libro (ya he dicho antes que no puedo adjudicarle plaza en la estantería de favoritos ni tampoco quemarlo en la hoguera). Cincuenta sombras de Grey tiene escenas muy bestiales, aunque también es cierto que, dejando a un lado los momentos de vicio degradante, tiene su mensaje: la lucha interminable de toda persona por dilucidar entre lo correcto y lo inadecuado, cuyos límites en muchas ocasiones se desdibujan fundiéndose en una maraña incoherente, contradictoria e ilógica. Además, hay que reconocer que leer Cincuenta sombras de Grey es mucho más educativo que ver una película porno, al menos aprendes ortografía, gramática y, por qué no, vocabulario especializado.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El otro lado de la felicidad


Se habían reencontrado por casualidad. Lola saliendo del supermercado, Cristina esperando al taxi. Lola y Cristina, las dos mejores amigas de la juventud. Inseparables.

Lola notó a su amiga muy cambiada, parecía más madura y un aire de triunfo y satisfacción  la envolvía. Estuvieron charlando un par de minutos. Cristina le contó cuán feliz era, la vida maravillosa que tenía junto a sus hijos y su marido y que, además, era una de las mejores abogadas del bufete. Cuando se despidieron, Cris subió al taxi lanzando un beso hacia Lola, quien le contestó sonriendo. Se alegraba de que todo le fuera bien. De joven ya se le veía triunfadora y parecía que sus sueños se habían cumplido. Derrochaba tanta alegría que por eso no había querido enturbiar el momento contándole sus problemas. Eran amigas. Seguían siéndolo a pesar de la distancia. Y, por ello, quería que Cristina continuase siendo feliz.

Envidiaba su fortuna, pero de una manera sana. No le deseaba ningún mal a su amiga, al contrario, aunque sabía que con cada incremento de la felicidad de Cristina, su propia alegría disminuía. Era el otro lado de su felicidad. Una merma de dicha fruto de la comparación de sus vidas. Una tan próspera y otra tan malgastada.

Pero la vida era la que era y Cristina se merecía todo lo bueno que le pasase. Lola se subió la cremallera y siguió andando.