Un día cualquiera de un mes
indiferente de un año sin importancia, una mujer desconocida dio luz a un niño.
Este niño, al que a partir de ahora llamaremos Juan, era aparentemente como
cualquier otro. Y digo aparentemente porque en realidad no era así. Juan era
especial. Juan no sabía mentir. Había
nacido con una malformación genética que le impedía decir aquello que no fuese
verdad. Un nudo invisible se le formaba rápidamente en la boca de la garganta
cada vez que su cerebro emitía una mentira para que las cuerdas vocales la
pronunciasen.
Al principio, Juan le quitó
importancia. Y no solo eso, en el fondo se alegró de haber nacido así. Le
gustaba ser sincero. Asimismo, la gente apreciaba lo que Juan decía porque
sabían que lo decía de verdad. Era agradable. Además, era una franqueza cordial
e inocente. Muy diferente de la de aquellas personas que se escudaban en la
sinceridad para decir cosas hirientes.
Con el paso del tiempo, Juan
creció y tuvo que adentrarse en el mundo de los adultos. Seguía siendo
absolutamente sincero y orgulloso de ello.
Cuando acabó los estudios, Juan mandó
su currículum a centenares de empresas. En una de las pocas entrevistas que le
concedieron, le preguntaron por la escasez de información en su hoja laboral.
Juan les dijo la verdad: era un recién licenciado que hasta el momento solo se
había dedicado a estudiar. No obtuvo el empleo. Su compañero de clase Mario,
quien sí supo mentir, fue contratado.
Cuando Juan fue al banco a pedir
un crédito para abrir un negocio nuevo, le preguntaron si era solvente. Juan
dijo la verdad: era joven, sin trabajo ni experiencia. El crédito le fue
denegado.
Cuando sus vecinos le preguntaban
a Juan qué tal le iba, Juan confesaba la verdad: estaba desesperado. No
conseguía nada. Él era una persona decente, responsable, motivada, sincera. Sabía que estaba a años luz de la perfección, tenía
miles de defectos, como todo el mundo.
Pero vivía en una sociedad
abocada a un pozo de embustes y falsedades donde nadie le daba una oportunidad a
quien no supiese mentir. Y en un mundo en el que la mentira lidera el día a
día, ser sincero es estar destinado al fracaso.