Hay que ver con qué facilidad se
mina la esperanza, la ilusión de un mundo mejor, un mundo perfecto, un lugar
idílico y utópico lleno de perspectivas optimistas.
Vivimos en un mundo sombrío, de
esperanzas vanas, ilusorias, irreales. Deseamos con todas nuestras fuerzas
alcanzar un objetivo, luchamos y, en ocasiones, lo conseguimos. Sentimos entonces
una inmensa alegría por haber superado nuestras limitaciones, por haber
alcanzado lo inalcanzable, por no haber sucumbido a la desesperación y al
desánimo que nos acechaba. Pero esta emoción dura un breve instante, pues es
una felicidad solitaria. Un gozo que tan solo disfrutas tú y, con suerte, algún
alma filántropa que todavía resista.
Tu alrededor no comparte la misma
sensación. Para el resto tan solo eres la prueba de que ellos no lo han
conseguido. Eres el testimonio de su fracaso.
Te sientes herido, defraudado, ya
no queda nada de aquella alegría que con tanta viveza habías esperado. Por ello,
cuando las tornas cambien, cuando sean ellos los triunfadores, en ese momento
serás tú su piedra en el camino de la gloria. Serás quien se interponga entre
el esfuerzo y el resultado satisfactorio. Ojo por ojo.
Y ese tira y afloja continuará
hasta el fin de los días, a menos que cambiemos. En nuestra mano está
evolucionar. Canjear pesimismo por optimismo, un ceño fruncido por una sonrisa
motivadora, una zancadilla por un apretón de manos, una frase agorera por otra
alentadora. Porque, aunque no queramos admitirlo, nos necesitamos. Necesitamos el
apoyo de la sociedad. De vez en cuando nos urge una ayuda desinteresada que nos
auxilie cuando cruzamos uno de tantos socavones en nuestro camino. Necesitamos que
nos echen una mano, pero no al cuello.
Hagamos el esfuerzo. Sé feliz
para que yo también pueda serlo.