lunes, 2 de abril de 2012

Consejos

Cuando uno está perdido, desorientado, indeciso ante el próximo movimiento en la extensa partida que juega día a día, se encuentra ávido de consejo. Ansía que alguien, quien sea, un padre, un amigo, un agudo orador o incluso un tweet desconocido, le proporcione la respuesta que tanto anhela.

Aunque parezca lo contrario, encontrar consejo no es una ardua tarea. El mundo está lleno de ellos. Todos nosotros, en locos arranques de vanidad, hemos aconsejado, para bien o para mal. Tenemos interiorizado un ineludible arrebato que nos impulsa a, una vez conocido el malestar que turba a nuestro prójimo, resolverle el dilema. Porque pensamos que algo dicho con convicción zanja el problema. Así que, con voz seria y decidida le recitamos esa frase grandilocuente que esperaba oír.

Y nos quedamos doblemente satisfechos: hemos superado la prueba (no somos tan estúpidos como parecemos) y, además, parece que incluso le ha servido de ayuda.

Puede que eso sea así o simplemente hayamos jodido la marrana. Quizás el receptor de nuestro consejo lo ponga en práctica y descubra un nefasto resultado. En cualquier caso, el consejo tiene, momentáneamente, un efecto terapéutico para ambos.

Es cierto que existen buenos y malos consejos, pero la mayoría son imposibles de clasificar. Algunos son afables, otros dichos con maldad. Los hay inspiradores, aunque también confusos. A veces tropezamos con consejos innecesarios o incoherentes. Pero todos tienen un propósito. ¿Socorrer al prójimo o glorificarse a sí mismo? Quién sabe. Yo, mientras tanto, elijo creer en la humanidad.