martes, 24 de enero de 2012

Por las falsas alegrías

El término “falso” es un concepto incomprendido. Si buscamos en un diccionario de sinónimos, a la palabra “falso” le acompaña una sucesión de adjetivos peyorativos. A algo falso se le tacha de fingido, fraudulento, amañado. “Falso” está rodeado de mentiras, oscuridad, demagogia, un ambiente lúgubre en comparación con su antónimo “verdad”. Si no es verdadero, es falso. Parece que todo se viste de contrastes radicales.

Pues, bien, me niego a creer en ello. Hay falsos instantes que merecen su gloria. Nos encontramos momentos en nuestro día a día que realmente no existen. Son producto de pasiones disparatadas e irracionales, características de una imaginación febril. Una mente aburrida y juguetona que se empeña en construir castillos en el aire.

Nuestra fantasía nos hace creer que no se le ha metido una mota de polvo en el ojo, sino que nos estaba guiñando un ojo, nos hace pensar que hay algo oculto en ese paseo por el río. Nos induce a lucir una sonrisa cuando salimos del último examen del año, aunque no haya salido del todo bien. Nos crea la falsa imagen de que lo imposible se ha podido lograr.

Todo es falso, es mentira. Pero nos hace felices. Crea una burbuja de gozo y emoción que hace palpitar el pulso a velocidades descontroladas, tararear canciones que ni tan siquiera se han inventado y lucir una sonrisa contagiosa en el rostro.

Y qué queréis que os diga, a veces, eso es mejor que nada.

jueves, 5 de enero de 2012

El cuadro

En el cuadro dibujado había un hombre. Un hombre montado sobre un caballo negro, salvaje pero manso, pasivo quizá al sentir la calma de su jinete o tal vez solo era el ligero sonido del riachuelo que a punto estaban de cruzar aquél que apaciguaba su naturaleza indómita. Sea como fuere, ambos permanecían inmóviles, impasibles.

Ante ellos, se alzaba un señorial puente tan elevado que no dejaba descubrir el final. Detrás suya, un desolado bosque, oscuro y triste. El Sol, a lo lejos, brillaba con fuerza, alentándoles a seguir. Mientras, el hombre permanecía quieto. Pensativo.

Probablemente esté pensando en su siguiente paso. Cruzar el puente sin cerciorarse en dónde desembocaría o dar marcha atrás e ir por el bosque, decaído pero seguro. Por la posición en la que habían sido pintados, se aseguraba el objetivo de cruzar el puente.

Lo que el hombre no podía ver es que tras esa gigantesca pasarela se elevaban centenares de puentes más. Unos muy empinados, otros con tan solo un par de escalones, algunos eran larguísimos, aunque también habían que lo eran menos.

Aún así, el hombre y su caballo permanecían impertérritos. Sin importarles aquello que sobrevenía. Dispuestos a afrontar todos los obstáculos que la dura mano del pintor quisiera dibujar en su camino.