lunes, 17 de diciembre de 2012

Bondades, vilezas y sus relativos


Entré al baño cerrando la puerta de un golpe. Me incliné sobre el lavabo, sujetando la fría porcelana con ambas manos. Inspiré un par de veces para serenarme y alcé la vista. El espejo me devolvía la imagen de una desconocida de mirada circunspecta, sombría y defensiva.

Se abrió la puerta y vi cómo se asomaba cauteloso.

- ¿A qué ha venido eso?- preguntó mientras cerraba la puerta frunciendo ligeramente el ceño.

- Viene a que estoy harta. Harta de ser a quién todo el mundo pide favores pero a quien nadie se los hace. Estoy cansada de sonreír tímidamente para que os sintáis mejor. Harta de ser la chica buena y tonta que sólo sirve de perchero. Harta de creer que el karma existe y que por cada buena acción que haga más respeto y cariño obtendré de aquellos que ni siquiera me tienen en consideración. Ya no quiero ser un puto cero a la izquierda, el ser invisible que solo cobra vida cuando conviene.

Me giré hacia él y con voz impasible dije:

- Ahora seré yo la mala. Miraré por mí y sólo por mí, porque es lo que todo el mundo hace. Hablaré cuando me dé la gana, y poco me importará si con ello ofendo a alguien. No me pidas nada más. ‘No’ será a partir de ahora mi adverbio favorito. Me retiro de este juego al que nunca debí acceder a jugar. Te desearía que todo te fuese bien, pero eso ya no va con mi nuevo yo. Así que, adiós.

Me acerqué a la puerta con claras intenciones de dejarle allí, sorprendido, aturdido, confuso, no me importaba cómo. Pero fue más rápido y, sujetándome de un brazo, me volvió hacia él.

- No funcionará.- me dijo.- Tú no puedes ser la chica mala.

- Ponme a prueba.

1 comentario:

  1. No hay nada como un auténtico renacer de vez en cuando. Con dos huevos duros, sí señor. Olé por el nuevo yo de la protagonista.

    Parva. ;)

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