En un mundo acelerado, donde todos tienen miles de cosas en mente, abundantes cometidos, donde la gente va de aquí para allá bien por trabajo bien por placer, donde la frase “aquello que más esfuerzo cuesta es lo que realmente vale la pena” es el referente, en ese mundo puede que “el placer de no hacer nada” suene a equívoco. Pero no es así. O quizás sí. Y solo sea problema mío.
Cuando se tiene una larga lista de tareas pendientes, algunas pasadas, otras presentes y la mayoría futuras, que va in crescendo a cada minuto, lo lógico es ponerse manos a la obra. Es lo que haría alguien sensato, cuerdo y responsable, rigiéndose por ese dicho popular agudo y sentencioso de “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.
Cuando tenemos esta dilatada lista de quehaceres, se abren ante nosotros dos posibles caminos. Uno, secundar el refrán. Dos, no hacer nada. La convicción de emprender uno u otro trayecto tiene como propósito conquistar el mismo deseo: la cúspide de la felicidad. Si realizas todos tus cometidos, te invadirá un sentimiento de gozo. Un regocijo interno de satisfacción personal, laboral y/o académica. Si no los cumples, si regateas y te vas por la escuadra, este objetivo final de felicidad no solo será conseguido, sino que se alcanzará por anticipado. Si lo de hoy lo dejas para mañana, hoy serás feliz. Y mañana..., bueno, “mañana será otro día”.
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ResponderEliminarPara de leerme la mente.
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