Era una calle cotidiana de una
mañana rutinaria de un día comúnmente ordinario, un trasiego de gente ocupaba
la acera. Iban de aquí para allá, parejas sonrientes, niños a brazos de sus
padres, solitarios hombres y mujeres de negocios adelantando y esquivándose
entre ellos con un maletín en una mano y el móvil en la otra.
En medio de aquel bullicio, y
pasando totalmente desapercibida, una anciana sin nombre recorría la calle
cotidiana en aquella mañana rutinaria de ese día comúnmente ordinario. Sus lentos
andares contrastaban con el trasiego de su alrededor. Encogida dentro de su
chal, refugiándose de un aire frío que parecía no afectar al resto, la anciana
deambulaba errante mientras pesadas lágrimas corrían por sus mejillas. En sus
temblorosas manos, envuelto en un puño, sostenía un pañuelo empapado que absorbía
de vez en cuando los restos de su lamento. No hacía ruido alguno, tan solo
lloraba y andaba en silencio, sin rumbo, absorta en sus pesares. Nadie a su
alrededor parecía percatarse de su pena y la anciana continuó vagando desolada.
En la esquina de aquella cotidiana
calle, a escasos metros de la anciana, un autobús esperaba a que fueran las 8:00
para arrancar. Con todos los asientos ocupados y un par de pasajeros de pie, el
conductor miró el reloj: 7:59. Metió la llave en el contacto y giró.
Uno de los pasajeros, sentado
justo detrás del asiento del conductor, vio por el espejo retrovisor de éste
cómo una joven estudiante, mochila al hombro, corría en su dirección.
La chica voló los pocos metros
que le distanciaban del autobús. Eufórica por haber llegado a tiempo y cuando
tan solo un par de metros le separaban de la puerta, la joven paró en seco. La
imagen afligida de aquella anciana que continuaba caminando a paso apático le
volcó el ánimo. Olvidando el autobús, el examen que tenía más tarde y la carrera
que se había dado para llegar a tiempo, avanzó hacia la anciana. Cuando llegó a
su altura, la miró a los ojos un instante y la abrazó.
La anciana, sorprendida, se apoyó
en su hombro y suspiró, echando en aquel suspiro buena parte del mal que le pesaba.
Deshaciendo el reconfortante abrazo, la joven volvió a mirarle a los ojos y le
sonrió, sonrisa que la anciana le devolvió gratamente y que continuó en su
rostro arrugado mucho tiempo después mientras proseguía su camino, esta vez con
andares menos pesados.
La joven cogió su mochila del
suelo y se giró hacia el autobús justo cuando éste cerraba la puerta dispuesto
a emprender la ruta. Corrió los dos últimos metros aun a sabiendas de que
serviría de poco. Eran ya las 8:00h y ese conductor siempre era muy puntual.
Dentro del autobús, el pasajero
sentado detrás del conductor había sido un silencioso espectador de aquella
conmovedora escena y, enternecido por la actitud compasiva de la joven, pidió
al conductor que parase, pues todavía falta una pasajera.
Milagrosamente, aquel conductor minucioso
con la puntualidad le hizo caso y esperó a que la joven subiera. Dándole las
gracias con la sonrisa que todavía perduraba en su rostro, la joven pagó el
billete y se sentó en el asiento que un joven le ofrecía.
Sentada justo detrás del
conductor, la joven estudiante se disponía a abrir los apuntes y repasar los
minutos que durase el trayecto cuando, alertada por un grito, alzó la vista justo
para ver cómo un camión, saltándose el semáforo a rápida velocidad, pasaba a
pocos centímetros de la parte delantera del autobús, aún parado en la esquina
de aquella calle cotidiana esa mañana rutinaria de un día comúnmente ordinario.
Ninguna mañana rutinaria de ningún día comúnmente ordinario debería serlo nunca, ¡porque siempre suceden cosas nuevas en los momentos más inesperados!
ResponderEliminarParva.