Dediquémosle un par de minutos hoy a los foros. Los foros, esas extrañas sociedades virtuales donde ciudadanos anónimos, ni cortos ni perezosos, esculpen su sabiduría. Los foros a veces sirven de gran ayuda para el desorientado internauta que busca consejos y remedios en un mar informático a rebosar de webs, wikis y otras criaturas intergalácticas. Pero en muchas otras ocasiones, los foros se rebelan escupiendo ambiguas, confusas e ilógicas soluciones.
Reconozco que soy fiel seguidora de estos foros de “ayuda”, a los que recurro cuando mis progenitores o algún otro sabio no se encuentran a mi alcance. Fue el caso de anoche, cuando el malvado vaso de zumo que estaba tomando cayó sin consideración sobre mi libro de inglés, sumergiéndolo en un océano cítrico con pulpa incluida. Horrorizada, y tras limpiar con un trapo el jugo derramado, observé cómo las hojas de mi querido workbook se iban ondulando como si de olas caribeñas se trataran.
Veloz como un rayo, entré en Google en busca de ayuda foril (foril: dícese del adjetivo proveniente de ‘foro’). Como resultado, encontré opiniones dispares, para todos los gustos: utilizar un secador, colocar papeles secantes entre las hojas, restregar un paño de algodón húmedo (¿húmedo?, pensé, pero ¡si lo que quiero es secar!), ponerle peso encima… Visto lo visto, concluí hacer un mix de varias opiniones y… dejar al destino hacer.
Así pues, sin tener papeles secantes (ni saber qué diablos eran) utilicé fundas de plástico para separar las hojas y metí el libro bajo una pila de diccionarios Larousse.
No sé si mi bien amado workbook volverá a ser el que era, sólo cabe esperar.