Volviendo a casa de una sesión de
cine, lo vi todo claro: quiero ser espía. Un agente infiltrado en el alto mando
de una banda terrorista que planea destruir el mundo tal y como lo conocemos. Y
en el último minuto, desbaratar sus planes, salvar el mundo y quedarme con el
chico.
No sé si la razón de esto es la
facilidad con la que soy hábilmente embrujada en una sala oscura, con sonido surround y una gigantesca pantalla que
emite 24 fotogramas por segundo, o si es más por vocación. Teniendo en cuenta
mi pésima forma física, mi paupérrimo coraje y, para qué engañarnos, la
holgazanería innata que me caracteriza, creo que me decanto por lo primero.
El mundo fílmico puede llegar a
tener una influencia espeluznante. Solo hacen falta noventa minutos y un
cerebro por amasar para crear la ilusión de espía, magnate de Wall Street,
arqueólogo, vampiro, abogado de causas perdidas o, por qué no, barbero
diabólico en el Londres victoriano del siglo XIX.
Por suerte o por desgracia, es
una ilusión pasajera que se evapora poco a poco al salir del cine. Minutos
después, volvemos a la realidad de nuestras vidas, a la oficina de seguros, a
la charcutería del pueblo, a la barra del bar, al trapo y al limpiacristales.
Hasta la próxima película.
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