En el cuadro dibujado había un hombre. Un hombre montado sobre un caballo negro, salvaje pero manso, pasivo quizá al sentir la calma de su jinete o tal vez solo era el ligero sonido del riachuelo que a punto estaban de cruzar aquél que apaciguaba su naturaleza indómita. Sea como fuere, ambos permanecían inmóviles, impasibles.
Ante ellos, se alzaba un señorial puente tan elevado que no dejaba descubrir el final. Detrás suya, un desolado bosque, oscuro y triste. El Sol, a lo lejos, brillaba con fuerza, alentándoles a seguir. Mientras, el hombre permanecía quieto. Pensativo.
Probablemente esté pensando en su siguiente paso. Cruzar el puente sin cerciorarse en dónde desembocaría o dar marcha atrás e ir por el bosque, decaído pero seguro. Por la posición en la que habían sido pintados, se aseguraba el objetivo de cruzar el puente.
Lo que el hombre no podía ver es que tras esa gigantesca pasarela se elevaban centenares de puentes más. Unos muy empinados, otros con tan solo un par de escalones, algunos eran larguísimos, aunque también habían que lo eran menos.
Aún así, el hombre y su caballo permanecían impertérritos. Sin importarles aquello que sobrevenía. Dispuestos a afrontar todos los obstáculos que la dura mano del pintor quisiera dibujar en su camino.
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