domingo, 25 de septiembre de 2011

Nunca subestimes la importancia de estar alegre

Qué agradable es sonreír sin motivo aparente. Cuan satisfactoria es la risa incontenible y más si es acompañada de una gustosa compañía. Reír hasta saltársete las lágrimas, sin poder reprimirse, a causa de cualquier nimiedad. Y luego esa sonrisa resplandeciente que se niega a desaparecer de tu rostro y el suspiro alegre que le acompaña… A veces, involuntariamente negamos con la cabeza mientras sonreímos y suspiramos. Me pregunto por qué. Reír extasiado de felicidad es una de las más cálidas sensaciones que podamos experimentar, no deberíamos mover y agachar la cabeza como si estuviésemos haciendo algo censurable.

Por ello, riamos, sonriamos, destornillémonos hasta el agotamiento. Descubramos esta cautivadora sensación cuyo mayor logro es el contagio. Andar por la calle, ver cómo un niño le sonríe a su madre y sonreír tú mismo ante tan maternal estampa, para acción siguiente levantar la vista y encontrarte con la mirada casual de un desconocido quien, al ver los restos de una sonrisa en tu rostro, instintivamente sonríe. Y esta sonrisa, esa dilatación de los labios, corre rauda por las calles, entrando en los portales de las casas, en las tiendas de los pueblos, en los grandes almacenes, en las oficinas, llegando a personas que en ese instante no tenían motivos para reír, haciéndoles cambiar de opinión, instaurando el deleite allá por donde pasa.

Ésta es quizás una de mis más optimistas entradas en este blog, pero es que hoy he recordado algo que un sabio dijo una vez: nunca subestimes la importancia de estar alegre.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Todos somos Belén Esteban

Llega un momento en la vida de toda persona que inevitablemente debe crecer. Porque no podemos ser siempre jóvenes pichones resguardados en nidos parentales. Debemos aprender a volar y tomar nuestras propias decisiones. Decisiones vitales que guiarán nuestro destino, tales como independizarse, casarse, tener hijos o cambiarse de compañía telefónica.

Sí, cambiarse de compañía telefónica es quizás la más importante de todas. Porque, cuando naces, tus padres eligen la compañía, las tarifas y el modo de timo que prefieren para ti, pero llega el día en el que, consciente de la estafa y con un arranque de desafío contra las injusticias hasta entonces desconocido, te plantas y piensas “hasta aquí hemos llegado. He de salir del nido”. Y decides cambiarte de compañía.

Un día después, andando tranquilamente por la calle, percibes por el rabillo del ojo un brillo azul, un color que remueve todo aquel amor-odio. Sí, amor, porque aunque te estén embaucando, hace tanto tiempo de ello que parece que te hayas acostumbrado y te pese dejarles. Pero no, la decisión está tomada, así que impávida y valerosa dejas atrás la tienda y sigues andando mientras la banda sonora de “Braveheart” suena de fondo.

Instantes más tarde, te encuentras delante de una nueva tienda, una nueva compañía, un nuevo color. El naranja parece que te sonríe desde el interior y decides entrar. Parece que todo va bien, esperas en la cola, la dependienta te sonríe (quizás haciéndose la boca agua imaginando la nueva víctima que va a apresar) y llega tu turno.

Le saludas y le explicas la situación. Preguntas sobre tarifas, precios y ofertas. Y ella empieza a hablar, y a hablar, y a hablar. Palabras indescifrables salen disparadas de su boca. Pospago residencial, garantía, sistema operativo, establecimiento de llamada, consumo mínimo… Coges algunas palabras al vuelo, pero ya no hay solución, estás perdida.

¿En qué idioma habla?, piensas mientras tu interlocutora no cesa su incomprensible parloteo. ¿Siempre ha hablado así? ¿O acaso le han dado un cursillo pre-contrato (nótese la ironía en este juego de palabras)? Y entonces, mientras echas un vistazo rápido al resto de clientes, te realizas la que quizás sea la pregunta más importante de todas: ¿ellos tampoco comprenden nada o soy yo la única inepta de la sala?

De repente, notas algo extraño, poco común. Como si algo hubiera cambiado. Miras hacia la dependienta de nuevo. Ha dejado de hablar y te mira fijamente, como esperando una respuesta. Obviamente, no conoces su jerga y no sabes qué responder. Chapurreas algo parecido a “me lo tengo que pensar, ya volveré” y sales apresuradamente de la tienda.

De vuelta a casa, abatida por tu incultura telefonística, te das cuenta de cómo evoluciona el mundo y echas de menos el cálido nido de tus padres. Pero sabes que más tarde o más temprano debes tomar decisiones. Y qué más da si eres ignorante en ciertos aspectos, todo el mundo tiene un punto débil.

Concentrada en estos pensamientos, llegas a casa y, cuando tu madre te pregunta qué tal ha ido el día, tú inconscientemente le respondes: “Mamá, alguna vez en la vida, todos somos Belén Esteban”.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Tortura inevitable

Me senté en la cama, pudorosa y algo asustada. Tranquila, esto es algo normal, todo el mundo lo hace, intenté convencerme. Además, no es su primera vez, ya lleva años de práctica.

No sabía cómo colocarme: sentada, tumbada hacia arriba, de lado o boca abajo. Finalmente, opté por la cuarta opción y me tumbé dándole la espalda. Empecé a temblar ante el esperado dolor, porque iba a dolerme, lo sabía. Por más que me hubieran asegurado lo contrario, mentían. Yo llevaba años escuchando los gritos de mi madre cuando ésta se ponía en manos de mi padre.

Os preguntaréis entonces por qué motivo me encontraba yo allí. Hasta entonces no había querido pasar este ritual, pero mi cuerpo ya estaba cansado de esperar y me lo pedía a gritos.

Sentí sus manos sobre mi piel, noté cómo se movían y cómo palpaban en busca del que sería el foco del dolor. Mi corazón empezó a palpitar con mayor celeridad, mi respiración se volvió agitada y unas ligeras convulsiones recorrieron mi cuerpo ante aquel venidero sufrimiento, una tortura inevitable que no se hizo esperar.

Me arrepentí al instante. No entendí cómo era posible que un ser querido te hiciera tanto daño. Aguanté la respiración y cerré los ojos. Unas tímidas lágrimas asomaron entre mis pestañas. Sentí vergüenza de volver a abrirlos.

“Ya está, vístete”, me ordenó al cabo de 10 brutales minutos. Me levanté dolorida mientras escuchaba cómo él iba al baño y se lavaba las manos.

“Tendrás algunas molestias durante un par de días”, me previno. “Vale, papá” le contesté mientras salía de la habitación.

Sabía que me quedaba una larga recuperación, pero me sentí orgullosa. Había sobrevivido a aquella contracción muscular que mi padre, experimentado masajista, había logrado aliviar.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Sexto sentido

Vista, oído, gusto, olfato y tacto: los cinco sentidos del cuerpo humano. Es algo que aprendemos en Primaria, puede que incluso en Preescolar, no lo sé, tengo recuerdos vagos de aquella época.

Para muchos, nuestros cinco sentidos son vitales para la interacción humana, si fallara alguno de ellos no seríamos quienes somos. Incluso se da la situación contraria para los que tenemos algún defecto en uno de nuestros sentidos: si nuestro sentido dañado sanara, dejaríamos de ser los mismos. Ni para bien ni para mal, simplemente cambiaríamos.

Yo, muy a mi pesar, pertenezco a ese grupo compuesto por millones de personas cuya visión no supera las expectativas esperadas y, por tanto, un monstruoso artefacto nos es impuesto en nuestro rostro. Gafas, anteojos, lentes… Muchos son los nombres que denominan a estos incómodos y funestos compañeros, los cuales, digan lo que digan, a NADIE le quedan bien.

Pero hoy no quiero hablar de estética, hoy quiero hablar de dos sentimientos opuestos, aunque compatibles, que me invadieron anoche: admiración y pesar.

Anoche era una noche como la de otro viernes cualquiera: sofá + película. El desastre surgió luego, cuando, sin comerlo ni beberlo, mis gafas, lentes, anteojos, monstruosos faciales, se rompieron. Así, sin más, sin motivo alguno. Y sobrevino el pánico. Porque yo sin gafas soy feliz y desgraciada, feliz al cerrar los ojos, desgraciada al abrirlos. Aunque quizás esta última frase sirva igual con gafas que sin ellas.

Y así, con la visión borrosa de una miope, pensé. Pensé en los cinco sentidos, pensé en aquellos que no poseen alguno e, incluso así, viven satisfechos. Pensé en cómo un ciego podía con el día a día común, cómo podía sonreír sin ver nada que pudiera ser motivo de su sonrisa y sin ver si alguien le devolvía el gesto.

Y sentí admiración y pesar. Admiración por todos aquellos que superan las dificultades que su propio cuerpo les impone, sacando ilusión a una vida gris. Y pesar por no ser como ellos.

Quizás lo importante no sea no ser mudo, ciego, sordo o tullido, llegué a pensar. Puede que lo importante no sea poseer los cinco sentidos en perfectas condiciones. Quizás lo importante sea poseer esa sensación, esa fuerza, esa valentía necesaria para superar cualquier percance físico, psicológico o casual. Puede que la fuente de la felicidad sea ese algo etéreo, invisible al ojo, mudo al sonido, insípido al sabor o impalpable al tacto. Ese sexto sentido que poseemos todos, pero que en algunos todavía no ha despertado.

Y pensé cómo una persona con cuatro sentidos y medio envidiaba a otra que pudiera poseer tan solo el sexto.