Llega un momento en la vida de toda persona que inevitablemente debe crecer. Porque no podemos ser siempre jóvenes pichones resguardados en nidos parentales. Debemos aprender a volar y tomar nuestras propias decisiones. Decisiones vitales que guiarán nuestro destino, tales como independizarse, casarse, tener hijos o cambiarse de compañía telefónica.
Sí, cambiarse de compañía telefónica es quizás la más importante de todas. Porque, cuando naces, tus padres eligen la compañía, las tarifas y el modo de timo que prefieren para ti, pero llega el día en el que, consciente de la estafa y con un arranque de desafío contra las injusticias hasta entonces desconocido, te plantas y piensas “hasta aquí hemos llegado. He de salir del nido”. Y decides cambiarte de compañía.
Un día después, andando tranquilamente por la calle, percibes por el rabillo del ojo un brillo azul, un color que remueve todo aquel amor-odio. Sí, amor, porque aunque te estén embaucando, hace tanto tiempo de ello que parece que te hayas acostumbrado y te pese dejarles. Pero no, la decisión está tomada, así que impávida y valerosa dejas atrás la tienda y sigues andando mientras la banda sonora de “Braveheart” suena de fondo.
Instantes más tarde, te encuentras delante de una nueva tienda, una nueva compañía, un nuevo color. El naranja parece que te sonríe desde el interior y decides entrar. Parece que todo va bien, esperas en la cola, la dependienta te sonríe (quizás haciéndose la boca agua imaginando la nueva víctima que va a apresar) y llega tu turno.
Le saludas y le explicas la situación. Preguntas sobre tarifas, precios y ofertas. Y ella empieza a hablar, y a hablar, y a hablar. Palabras indescifrables salen disparadas de su boca. Pospago residencial, garantía, sistema operativo, establecimiento de llamada, consumo mínimo… Coges algunas palabras al vuelo, pero ya no hay solución, estás perdida.
¿En qué idioma habla?, piensas mientras tu interlocutora no cesa su incomprensible parloteo. ¿Siempre ha hablado así? ¿O acaso le han dado un cursillo pre-contrato (nótese la ironía en este juego de palabras)? Y entonces, mientras echas un vistazo rápido al resto de clientes, te realizas la que quizás sea la pregunta más importante de todas: ¿ellos tampoco comprenden nada o soy yo la única inepta de la sala?
De repente, notas algo extraño, poco común. Como si algo hubiera cambiado. Miras hacia la dependienta de nuevo. Ha dejado de hablar y te mira fijamente, como esperando una respuesta. Obviamente, no conoces su jerga y no sabes qué responder. Chapurreas algo parecido a “me lo tengo que pensar, ya volveré” y sales apresuradamente de la tienda.
De vuelta a casa, abatida por tu incultura telefonística, te das cuenta de cómo evoluciona el mundo y echas de menos el cálido nido de tus padres. Pero sabes que más tarde o más temprano debes tomar decisiones. Y qué más da si eres ignorante en ciertos aspectos, todo el mundo tiene un punto débil.
Concentrada en estos pensamientos, llegas a casa y, cuando tu madre te pregunta qué tal ha ido el día, tú inconscientemente le respondes: “Mamá, alguna vez en la vida, todos somos Belén Esteban”.