jueves, 24 de marzo de 2011

Una mujer de 92 años dispara a su vecino de 53 por negarle un beso

Así se titula una noticia que circula desde hace algunos días por el mundo periodístico. Las reacciones ante tal extravagante suceso han sido dispares: cómicas, jocosas, burlescas, anonadadas, enojadas, indignantes, compasivas… Pero prácticamente todas las opiniones surgidas tachan a la anciana de loca y compadecen al semental cincuentón.

Yo quiero, en este fútil blog y desde mi modesta perspectiva, crear una nueva línea de estudio para estos casos. Así pues, os narraré la historia tal y como pudo haber sucedido:

Erase una vez, una afable nonagenaria que vivía en un bonito barrio a las afueras de una gran ciudad. Su familia vivía muy muy lejos, de ahí que la anciana estuviera sola. Un buen día, llamó a su puerta un jovenzuelo vecino de tan solo 53 años. Éste le pidió un poco de sal. El corazón de la mujer se aceleró rápidamente. Cabe explicar que en su tierna juventud, hacía más de siete decenios, "pedirle sal a alguien”era un claro sinónimo de “querer mambo con ese alguien”. Los jóvenes de aquella época debían inventar frases de aquel estilo para eludir las adustas reglas que marcaba la sociedad.

Así pues, la mujer, quien no había catado hombre desde hacía un lustro, se emocionó. Volvió a tener ilusión por la vida. A partir de ese día, empezó a arreglarse: de buena mañana, se pasaba el cortacésped por el cuerpo, limpiaba las telarañas que habían crecido en sus pañales, se embadurnaba con litros de colonia… y todo por y para él.

Cierto día, jugando al básquet con amigos, unos tipos del barrio… ¡ay no! Me he equivocado de historia… Retomo:

Cierto día, la ilusionada (a la par que ilusa) nonagenaria, anhelando contacto masculino y cansada de esperar a que el hombre diera el primer paso, se decidió a darlo ella y, con arrojo e intrepidez, le pidió a su vecino un beso. Un simple y casto beso que le devolviera a la juventud, a esos años de locura y pasión, aunque tan solo fuera por un microsegundo. Pero no, él se negó. Y, por ello, la anciana, con el corazón destrozado, tomó su venganza.

Y a partir de aquí, mi reflexión de hoy. ¿Qué le costaba al hombre dar un simple beso a una anciana? Para él puede que no significara nada, pero para ella era un mundo. Una nimia caricia labial era el motivo para levantarse cada día, la causa por la cual vivir valía la pena. El solo contacto de unos labios con los suyos hubiera renovado su ser, le hubiera ayudado a aguantar los pocos años que le quedaran por delante.

Así que, hombres y mujeres del mundo, os hago un llamamiento para que si alguien necesitado os pide un beso, le concedáis al menos ese mísero deseo. No seais tan ávaros como el protagonista de la historia. Nunca se sabe qué chispa puede surgir de esa inocente fricción.

domingo, 20 de marzo de 2011

Llamémoslo pequeña crisis existencial

¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos?
¿Por qué vamos? Y, ¿por qué venimos?

Y allí se encontraba. Sentada en la última fila de un viejo autobús, escribiendo todo aquello que se le ocurría. Siguiendo los consejos que le dio un día alguien cuyo nombre no recordaba. Escribió sobre cómo se sentía para descubrir por qué se sentía de aquella manera. Habló de su pasado, su presente y sobre un posible futuro. Escribió sobre sí misma, sobre los de su alrededor. Pensó en su familia, en sus amigos, en el hombre sentado delante de ella.

Y escribiendo, escribiendo, empezó a sentirse más ligera. El peso que guardaba en su interior iba disminuyendo sorprendentemente.

No había desaparecido por completo. Hubiera sido demasiado increíble si hubiese sido así. Pero ahora, tras escribirlo, se sentía mucho mejor. Dentro de la oscuridad, antes total, atisbaba cierta luz a lo lejos que se acercaba con timidez, pero también con decisión.

No lo había hablado con nadie, tan solo lo estaba escribiendo detrás de las hojas de apuntes de clase donde probablemente nadie miraría. Ella tampoco se lo enseñaría a nadie. Pero, aunque parezca que no, había dado un gran paso. Ahora era capaz de escribirlo, quizás no fuera lo mismo, pero al menos era capaz de extraer de su interior sus pensamientos y sentimientos más profundos y observarlos desde fuera, de manera global y objetiva. Al menos de momento.