Otra noche de insomnio. Un ‘bip’
inesperado. Una emoción que embarga. Una sonrisa imparable. Una ilusión
desmedida. Una contestación provocadora. Una risilla tonta. Una espera
intranquila. Una conversación a medias. Solo una parte interesada. Una insulsa
despedida. De fondo, una canción de Álex Ubago. Una media naranja convertida en
limón. Una botella de tequila. Un kilo de sal. Otra solitaria noche por
delante.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
El club de los poetas muertos
<<El señor Anderson cree
que todo lo que lleva dentro es inútil y embarazoso. ¿Verdad que sí, Todd? Ése
es su peor temor. Pues se equivoca. Yo creo que lleva algo dentro de usted de
gran valor. “Resuena mi bárbaro gañido sobre los techos del mundo, Walt Whitman”>>.
El club de los poetas
muertos
En ocasiones nos sentimos como
Todd Anderson. Ínfimos, fútiles, alicaídos. Parece que cada uno de los
pensamientos que nos recorren sean retales de un ayer caducado, sombras de un
futuro postrado al descalabro. Nos consideramos seres incorpóreos cuyo paso por
el mundo no es más que una mera transición. Entes insustanciales sin voz ni
voto. Opiniones erróneas dignas de ser desdeñadas.
Nos parece un sentimiento lógico,
razonable. Hasta que un día ponemos en marcha nuestro deslucido
raciocinio, y comprendemos. No somos ni hemos sido insignificantes. Nuestras ideas
y propósitos son tan válidos como los de cualquiera. Pocas personas en el mundo
merecen el calificativo de “admirable”, y los que así se lo han ganado, lo
rechazan respetuosamente, con una modestia que dista mucho de esa envanecida
actitud que tanto merma nuestra confianza.
Estamos todos, por tanto, en un
mismo nivel. Y la altitud del mundo variará solo en función de nuestro ánimo. Existirán
bellos instantes en los cuales nos maravillaremos de la filantropía de la raza
humana y momentos donde la perversidad hará que el rasante por el cual medimos
la sociedad lleve a ésta a decaer hasta los límites del submundo.
Pero siempre todos a idéntica
altura. Y si, por algún casual, sentimos que nuestro peldaño desciende, aunque
tan solo sea a escasos metros del resto, daremos un paso haciendo resonar nuestro
bárbaro gañido sobre los techos del mundo.
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