Entré al baño cerrando la puerta de un golpe. Me incliné
sobre el lavabo, sujetando la fría porcelana con ambas manos. Inspiré un par de
veces para serenarme y alcé la vista. El espejo me devolvía la imagen de una
desconocida de mirada circunspecta, sombría y defensiva.
Se abrió la puerta y vi cómo se asomaba cauteloso.
- ¿A qué ha venido eso?- preguntó mientras cerraba la puerta
frunciendo ligeramente el ceño.
- Viene a que estoy harta. Harta de ser a quién todo el
mundo pide favores pero a quien nadie se los hace. Estoy cansada de sonreír
tímidamente para que os sintáis mejor. Harta de ser la chica buena y tonta que
sólo sirve de perchero. Harta de creer que el karma existe y que por cada buena
acción que haga más respeto y cariño obtendré de aquellos que ni siquiera me
tienen en consideración. Ya no quiero ser un puto cero a la izquierda, el ser
invisible que solo cobra vida cuando conviene.
Me giré hacia él y con voz impasible dije:
- Ahora seré yo la mala. Miraré por mí y sólo por mí, porque
es lo que todo el mundo hace. Hablaré cuando me dé la gana, y poco me importará
si con ello ofendo a alguien. No me pidas nada más. ‘No’ será a partir de ahora
mi adverbio favorito. Me retiro de este juego al que nunca debí acceder a
jugar. Te desearía que todo te fuese bien, pero eso ya no va con mi nuevo yo.
Así que, adiós.
Me acerqué a la puerta con claras intenciones de dejarle
allí, sorprendido, aturdido, confuso, no me importaba cómo. Pero fue más rápido
y, sujetándome de un brazo, me volvió hacia él.
- No funcionará.- me dijo.- Tú no puedes ser la chica mala.
- Ponme a prueba.