Además, que se nota, las calles se visten de luces multicolor, en las puertas de los grandes almacenes se agolpan mujeres (y algún que otro hombre perdido y asustado) esperando impacientes la llegada de las rebajas, pequeños Papás Noel buscan el suicidio intentando saltar de los balcones, la canción del Mercadona se ve desplazada por villancicos para decepción de los clientes…
Pero no todo es magia y felicidad en Navidad. En esta época llega aquello que has querido evitar durante todo el año: las reuniones familiares.
Esas comidas/cenas donde te reencuentras con gente a la que sólo ves una vez al año, y no digo que no sea bonito. Lo es. Solo lo importuna el inevitable momento embarazoso en el que tus familiares te rodean sigilosamente, cual ave rapiña al acecho de una presa fácil, y tu tío Paco (siempre hay un tío Paco) suelta la temida y esperada pregunta: “Bueno, y tú, el noviete ¿qué?”. “Zas! En toda la boca”, piensas.
Tristemente, ya son muchos años y, con la experiencia, una aprende a tener la situación controlada. “Es que le dije que venías y no quería verte”, respondes sonriendo amistosamente mientras notas como las puñaladas de tus primos y primas emparejados se clavan en tu espalda.
Dicha la broma, la velada continúa amigablemente. Pero la sombra de la duda ya está sembrada.