En esta vertiginosa época
tecnológica llena de televisores FULL HD, salas de cine en 3D, iPhones, tablets
y demás aparatos dificilísimos de manejar cuyos nombres desconozco, cosa que
además me resbala bastante, todavía resiste, no sin esfuerzo, uno de los
mejores inventos jamás creados: el libro.
Por más que lo intento, no
consigo encontrar una sola pega por la que oponerme a esta maravilla. Quizá la
causa de ello sea que todavía sigo bajo los efectos vigorizantes de una lectura
emocionante e irresistible. Y ya era hora, pues después de meses y meses
leyendo nada más que textos académicos, semióticos y psicoanalíticos, a penas
recordaba el gusto que da leer solo por puro placer.
Este efectivo tónico, que a
simple vista tan solo aparenta ser un compuesto de palabras inocentes formando
frases inofensivas que parecen alinearse de forma desintencionada, tiene el
poder de adentrarte en un universo de ficción y hacerte partícipe de cuanto
acontece.
Los primeros capítulos son una
especie de trámite, una introducción donde te presentan la historia, los
personajes y la ilusión de un posible nudo, desafiándote a continuar leyendo.
Si aceptas el reto, si continúas leyendo, ya estás perdido. Al cabo de unas
páginas, estás tan metido en la historia que sientes que en verdad está
ocurriendo.
A tu alrededor todo desaparece,
tan solo estás tú y el universo fantástico que tu mente crea mientras lees.
Sientes pena cuando el protagonista se entristece, sonríes con las agudas
bromas que intercala el escritor, saltas de emoción en los puntos más palpitantes
de la historia y, cuando llegas al punto álgido, te mantienes quieto, inmóvil,
como si cualquier movimiento pudiese desencadenar la catástrofe.
Cuando terminas el libro, un
sentimiento contradictorio te invade. Te aflige el saber que todo ha terminado,
que aquel universo mágico ha vuelto a desaparecer y no volverá, al menos hasta
que otro libro caiga en tus manos. Quizá te reproches haberlo leído con
demasiada rapidez, pero el afán por conocer, por experimentar y por emocionarte
ha sido irrefrenable. Además, una enorme satisfacción, un regocijo interno, se
abre paso a través de la marabunta de emociones que te asaltan y recreas
mentalmente la historia que acabas de leer, que acabas de vivir, recordando las
palabras que te han mantenido atrapado durante el tiempo que ha durado la
lectura, ya sea un mes, una semana o incluso un día. Y, todavía con una sonrisa
en los labios, cierras el libro sabiendo que, sea el tiempo que sea, ha valido
la pena.
Grandísimo artículo, señora Fémina, que me ha gustado mucho. Tiene usted toda la razón del mundo, por lo que no me queda otra que sumarme a su reivindicación y añadir que, por muy de moda que estén los libros electrónicos, a un buen libro polvoriento ningún cachivache le quita el encanto...
ResponderEliminarAmén. Parvallona.