viernes, 28 de junio de 2013

Sólo es un yogur

DIEGO: Fresa o frutos del bosque, ¿cuál prefieres?

SAM: Me da igual.

DIEGO: ¿Cómo que te da igual? No te puede dar igual, tienes que tener una opinión.

SAM: Los dos me gustan.

DIEGO: Pero no te pueden gustar los dos por igual. Seguro que hay uno que te apetece más.

SAM: No, están los dos buenos.

DIEGO: Uno más que el otro…

SAM: Bueno, en mi casa solían comprarme siempre de fresa.

DIEGO: Entonces, ¿de fresa?

SAM: Sí.

DIEGO: A mí me gusta el de frutos del bosque.

SAM: Pues compra ése.

DIEGO: Ves, lo has vuelto a hacer. Eres muy manejable. No tienes personalidad. Cuando te gusta algo y otra persona te contradice, cambias de opinión.

SAM: Es que los dos están bien.

DIEGO: No puedes cambiar constantemente de parecer. Pasas de blanco a negro, de naranja a azul, de verde a rojo. Un día estás a la derecha y al día siguiente, a la izquierda. Por la mañana estás arriba y por la tarde, abajo. Según con quién estés. Eres una oveja más del rebaño. Has de tener tu propia opinión.

Nuestros antepasados lucharon para darse voz. Murieron por sus ideales, para que ahora seamos libres de decir lo que pensamos sin represalias. Hemos de honrarles, hacerles justicia, combatiendo con uñas y dientes para defender aquello en lo que creemos.

SAM: Sólo es un yogur. 

jueves, 11 de abril de 2013

El chico que no sabía mentir


Un día cualquiera de un mes indiferente de un año sin importancia, una mujer desconocida dio luz a un niño. Este niño, al que a partir de ahora llamaremos Juan, era aparentemente como cualquier otro. Y digo aparentemente porque en realidad no era así. Juan era especial.  Juan no sabía mentir. Había nacido con una malformación genética que le impedía decir aquello que no fuese verdad. Un nudo invisible se le formaba rápidamente en la boca de la garganta cada vez que su cerebro emitía una mentira para que las cuerdas vocales la pronunciasen.

Al principio, Juan le quitó importancia. Y no solo eso, en el fondo se alegró de haber nacido así. Le gustaba ser sincero. Asimismo, la gente apreciaba lo que Juan decía porque sabían que lo decía de verdad. Era agradable. Además, era una franqueza cordial e inocente. Muy diferente de la de aquellas personas que se escudaban en la sinceridad para decir cosas hirientes.

Con el paso del tiempo, Juan creció y tuvo que adentrarse en el mundo de los adultos. Seguía siendo absolutamente sincero y orgulloso de ello.

Cuando acabó los estudios, Juan mandó su currículum a centenares de empresas. En una de las pocas entrevistas que le concedieron, le preguntaron por la escasez de información en su hoja laboral. Juan les dijo la verdad: era un recién licenciado que hasta el momento solo se había dedicado a estudiar. No obtuvo el empleo. Su compañero de clase Mario, quien sí supo mentir, fue contratado.

Cuando Juan fue al banco a pedir un crédito para abrir un negocio nuevo, le preguntaron si era solvente. Juan dijo la verdad: era joven, sin trabajo ni experiencia. El crédito le fue denegado.

Cuando sus vecinos le preguntaban a Juan qué tal le iba, Juan confesaba la verdad: estaba desesperado. No conseguía nada. Él era una persona decente, responsable, motivada, sincera.  Sabía que estaba a años luz de la perfección, tenía miles de defectos, como todo el mundo.

Pero vivía en una sociedad abocada a un pozo de embustes y falsedades donde nadie le daba una oportunidad a quien no supiese mentir. Y en un mundo en el que la mentira lidera el día a día, ser sincero es estar destinado al fracaso.

jueves, 24 de enero de 2013

La historia de una abejita cobarde


Érase una vez una abejita, digamos, un tanto peculiar. En apariencia, esta abejita no se diferenciaba de otras abejitas. Su cuerpo velludo de pelos plumosos vestía una piel a rayas amarillas y negras como la de cualquier otra. Bueno, quizás su tono amarillo lucía un poco apagado para su edad, pero era algo bastante común entre las abejitas de aquellos tiempos. Así que, a simple vista, nada distinguía a aquella abejita del resto.

Pero aquella abejita se sabía diferente. Aquella abejita era una cobarde. De pequeñas, todas las abejitas, que para entonces eran llamadas larvas, se amedrentaban ante la sola idea de salir de su plácido hogar. El néctar que sus madres abejas les proporcionaban era suficiente para subsistir de manera ufana y sin preocupaciones. Pero llegaba la época en la que las larvas se convertían en abejitas y luego estas abejitas en abejas hechas y derechas. Y esa época se presentó de repente. Todas sus amigas abejitas, aquellas con quienes había compartido platos de néctar sentadas al borde del panal, mirando los vastos paisajes que se alzaban ante sus antenas, suspirando por el zángano de turno, riendo y pensando, de vez en cuando, en el día en que clavarían su aguijón, todas ellas desplegaron sus alas y alzaron el vuelo. Cada día, una nueva abejita se separaba de la colonia y se adentraba en el mundo de las abejas hechas y derechas. Todas menos nuestra abejita cobarde.

En la escuela, había sido una abejita aplicada. Sabía los derechos y deberes de las abejas, podía nombrar de carrerilla los nombres de todas las reinas que habían gobernado en su colonia, recordaba las propiedades del polen y del néctar, así como las de otros alimentos. También había estudiado el mecanismo del panal, memorizando las funciones de cada abeja obrera. Pero a la hora de elegir especialidad, esta abejita cobarde, inmadura y descuidada o quizás tan solo sobrevenida por una ingenua esperanza, erró en su elección. Mientras otras abejitas eligieron caminos prácticos y con futuro, tales como Grado Medio en Extracción de Polen o Grado Superior en Construcción de enjambres, nuestra abejita cobarde se decantó por una especialidad con un título muy atractivo a la vez que, como descubriría más tarde, contraproducente.

Acabada la especialidad, con los estudios frescos, un par de consejos de la abeja reina y la vitalidad que acompañaba la circunstancia, era el momento de lanzarse al mundo y convertirse en abejas hechas y derechas. Pero la abejita cobarde no se atrevía. La desafortunada elección de especialidad y su consiguiente falta de experiencia en temas ex coloniales la habían consumido en un mar de miedo y ansiedad. El mundo era tan grande y ella tan inexperta… ¿Qué podía hacer? No sabía cómo recolectar, no sabía cómo reconstruir panales, no sabía nada. Era una abejita inútil, muy lejos de convertirse en una abeja hecha y derecha.

Y la abejita cobarde pasaba los días, sentada en el borde inferior del pentágono que formaba su panal, viendo cómo sus amigas abejitas, ahora abejas hechas y derechas, se ganaban el néctar de cada día a base de esfuerzo y dedicación. De vez en cuando, alguna de sus amigas abejitas la veía y se paraba a saludar. Charlaban durante un ratito, pero pronto las abejas hechas y derechas volvían al trabajo y la abejita cobarde continuaba sentada, viéndolas pasar.

Un día, hastiada de aquella monótona rutina, la abejita cobarde se administró un par de chutes de valentía, metió un par de huevos en su petate, cogió carrerilla y salió zumbando por el hueco del panal perdiéndose en el horizonte.

Nunca más se supo de aquella abejita que por tanto años había sido cobarde. Puede que se convirtiera en una abeja hecha y derecha y viviese en una acomodada colonia con un par de zánganos produciéndole miel, o quizás sus alas, engarrotadas por la falta de práctica, cedieron ante la presión y la arrojaron hacia el suelo en una estrepitosa caída que le produjo un impacto de muerte instantánea.