Existen días felices y días que no lo son tanto. Bien pensado, es mejor hablar de momentos. Porque un día es una medida de tiempo demasiado grande para clasificar; un día tiene muchos momentos y no todos se desarrollan igual. Por tanto, tenemos, por un lado, momentos felices, y, por otro, momentos que no lo son tanto.
Ahora, en este mismo instante en el que mis dedos aporrean las teclas de este maltrecho portátil, no es un buen momento. Pero antes viví grandes momentos. De esos momentos que nunca se olvidan, esos instantes de tu vida que, después de ocurrir, te dan la certeza de que vale la pena sufrir mil desamparados momentos para llegar a ese clímax momentáneo. Ese día, ese instante, ese momento que alivia la anterior desazón vivida y que te socorre en posteriores momentos no tan dichosos. Pero, ¿y si no es así? ¿Qué ocurre cuando esos pocos momentos de felicidad no compensan? ¿Qué ocurre cuando los momentos lúgubres se multiplican por centenares mientras los ufanos momentos se reducen a cifras minúsculas? ¿Qué ocurre cuando la distancia entre tan distintos momentos se alarga hasta parecer un simple sueño jamás encontrado?
No, definitivamente, no es un buen momento.