El término “falso” es un concepto incomprendido. Si buscamos en un diccionario de sinónimos, a la palabra “falso” le acompaña una sucesión de adjetivos peyorativos. A algo falso se le tacha de fingido, fraudulento, amañado. “Falso” está rodeado de mentiras, oscuridad, demagogia, un ambiente lúgubre en comparación con su antónimo “verdad”. Si no es verdadero, es falso. Parece que todo se viste de contrastes radicales.
Pues, bien, me niego a creer en ello. Hay falsos instantes que merecen su gloria. Nos encontramos momentos en nuestro día a día que realmente no existen. Son producto de pasiones disparatadas e irracionales, características de una imaginación febril. Una mente aburrida y juguetona que se empeña en construir castillos en el aire.
Nuestra fantasía nos hace creer que no se le ha metido una mota de polvo en el ojo, sino que nos estaba guiñando un ojo, nos hace pensar que hay algo oculto en ese paseo por el río. Nos induce a lucir una sonrisa cuando salimos del último examen del año, aunque no haya salido del todo bien. Nos crea la falsa imagen de que lo imposible se ha podido lograr.
Todo es falso, es mentira. Pero nos hace felices. Crea una burbuja de gozo y emoción que hace palpitar el pulso a velocidades descontroladas, tararear canciones que ni tan siquiera se han inventado y lucir una sonrisa contagiosa en el rostro.
Y qué queréis que os diga, a veces, eso es mejor que nada.
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