Se habían reencontrado por
casualidad. Lola saliendo del supermercado, Cristina esperando al taxi. Lola y
Cristina, las dos mejores amigas de la juventud. Inseparables.
Lola notó a su amiga muy
cambiada, parecía más madura y un aire de triunfo y satisfacción la envolvía. Estuvieron charlando un par de
minutos. Cristina le contó cuán feliz era, la vida maravillosa que tenía junto
a sus hijos y su marido y que, además, era una de las mejores abogadas del
bufete. Cuando se despidieron, Cris subió al taxi lanzando un beso hacia Lola,
quien le contestó sonriendo. Se alegraba de que todo le fuera bien. De joven ya
se le veía triunfadora y parecía que sus sueños se habían cumplido. Derrochaba
tanta alegría que por eso no había querido enturbiar el momento contándole sus
problemas. Eran amigas. Seguían siéndolo a pesar de la distancia. Y, por ello,
quería que Cristina continuase siendo feliz.
Envidiaba su fortuna, pero de una
manera sana. No le deseaba ningún mal a su amiga, al contrario, aunque sabía
que con cada incremento de la felicidad de Cristina, su propia alegría
disminuía. Era el otro lado de su felicidad. Una merma de dicha fruto de la
comparación de sus vidas. Una tan próspera y otra tan malgastada.
Pero la vida era la que era y Cristina se merecía todo lo
bueno que le pasase. Lola se subió la cremallera y siguió andando.
Solo deberíamos aspirar a ser quienes somos, no a quienes podríamos o quisiéramos ser. Por desgracia, la característica intrínseca de los humanos es llorar por lo que no tiene y despreciar lo que posee. Todo depende del punto de vista.
ResponderEliminarQuizá, si Lola se hubiera fijado en el sin techo que estaba en ese momento en la acera, tapado con unos cartones y envidiando los zapatos que ella llevaba, sí que hubiera pensado que su vida era feliz. Pero Lola no le vio, como bien puede deducirse por lo que cuenta el narrador.
A veces, se trata de saber mirar.
P.