domingo, 4 de noviembre de 2012

El otro lado de la felicidad


Se habían reencontrado por casualidad. Lola saliendo del supermercado, Cristina esperando al taxi. Lola y Cristina, las dos mejores amigas de la juventud. Inseparables.

Lola notó a su amiga muy cambiada, parecía más madura y un aire de triunfo y satisfacción  la envolvía. Estuvieron charlando un par de minutos. Cristina le contó cuán feliz era, la vida maravillosa que tenía junto a sus hijos y su marido y que, además, era una de las mejores abogadas del bufete. Cuando se despidieron, Cris subió al taxi lanzando un beso hacia Lola, quien le contestó sonriendo. Se alegraba de que todo le fuera bien. De joven ya se le veía triunfadora y parecía que sus sueños se habían cumplido. Derrochaba tanta alegría que por eso no había querido enturbiar el momento contándole sus problemas. Eran amigas. Seguían siéndolo a pesar de la distancia. Y, por ello, quería que Cristina continuase siendo feliz.

Envidiaba su fortuna, pero de una manera sana. No le deseaba ningún mal a su amiga, al contrario, aunque sabía que con cada incremento de la felicidad de Cristina, su propia alegría disminuía. Era el otro lado de su felicidad. Una merma de dicha fruto de la comparación de sus vidas. Una tan próspera y otra tan malgastada.

Pero la vida era la que era y Cristina se merecía todo lo bueno que le pasase. Lola se subió la cremallera y siguió andando.

1 comentario:

  1. Solo deberíamos aspirar a ser quienes somos, no a quienes podríamos o quisiéramos ser. Por desgracia, la característica intrínseca de los humanos es llorar por lo que no tiene y despreciar lo que posee. Todo depende del punto de vista.

    Quizá, si Lola se hubiera fijado en el sin techo que estaba en ese momento en la acera, tapado con unos cartones y envidiando los zapatos que ella llevaba, sí que hubiera pensado que su vida era feliz. Pero Lola no le vio, como bien puede deducirse por lo que cuenta el narrador.

    A veces, se trata de saber mirar.

    P.

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