Vivimos en la época de las nuevas tecnologías. Esto es una obviedad, no hacía falta gastar caracteres para decirlo, pensaréis. Vale sí, pero dejadme continuar e iré al quid de la cuestión. La tecnología ha mejorado nuestras vidas, avances médicos, por ejemplo, han sido posibles gracias a esta inyección de sabiduría tecnológica. Pero, yo pregunto ¿y qué ocurre con aquellos negados a esta nueva era electrónica? Pues que nos desmoralizamos.
Desde hace unos días, o al menos hace unos días que me doy cuenta, la malvada tecnología se burla de mí y pretende ningunearme de manera escandalosa. Ayer mismo, un hecho tan sencillo como preguntar a una amable dependienta de cierta compañía telefónica cuánto cuesta una llamada desde el extranjero se volvió una ardua tarea de comprensión cuando la joven sabelotodo en cuestión no paraba de repetir que debía activar el “rumi” de mi teléfono móvil. Cabe señalar que, tras poner cara pánfila y sin que la dependienta se percatara de ello (o quizás sí, pero quería despacharme pronto para continuar comadreando con su compañera), mi orgullo entró en juego y, presto, convirtió mi cara en inexpresiva y ayudó a mis cuerdas vocales a articular un agradable “muchas gracias, adiós” y huir de aquella tienda en la que había entrado con una duda y salido con dos.
Pero mis desventuras tecnológicas no acaban ahí. La telefonía es uno de mis puntos débiles, pero no el peor. La palma se la lleva mi amiga la informática. Hoy por hoy, no podemos vivir sin ordenadores. Y esto, para quienes no hemos nacido con un manual en PDF bajo el brazo, es un verdadero suplicio. Porque a mí me quitas del Word, del Paint y, desgraciadamente, del tuenti/twitter/redessocialesengeneral, y voy más perdida que McGyver en un desguace.
Esta tarde, intentando vislumbrar cómo c*** (conducto musculoso que conecta la matriz de las hembras de los mamíferos con el exterior y que interviene en la cópula) descargar libros electrónicos en el eBook de uno de mis progenitores, los astros virtuales han vuelto a mofarse de mi ignorancia, pues la página web no hacía más que lanzar mensajes incoherentes sobre mi versión Adoble Flash, mi firmware y otros cultismos incomprensibles en idiomas extranjeros (cosa que, tras mi reciente suspenso en inglés, no ha ayudado precisamente a mejorar mi opinión sobre dicha materia).
Y entonces mi siempre cordial y cariñosa madre comenta como quien no quiere la cosa: “¿Cómo que no sabes hacerlo? Si tú eres joven…”. Zas! En toda la boca. Éramos pocos y parió la abuela. Miles son las expresiones del diccionario español que caracterizan a la perfección este momento. No solo el mundo virtual se regocija en mi pesar, sino que mi orgullo se ve dañado por partida doble en el mundo real pues 1) no poseo conocimientos técnicos para desenvolverme y 2) soy joven. La ancianidad tiene excusa, pero los jóvenes no.
Pero me niego a aceptarlo. No somos unos inútiles, como quieren hacernos creer estos brujos informáticos, tan solo somos sabios nacidos en una época que no nos tocaba vivir. Porque yo en el siglo XIX, la hubiera petao.
Me lo dices o me lo cuentas: anda que no he intentado veces publicar algo en este tu blog, y astros virtuales, como tú los llamas, me han dado por c*** (conjunto de las dos nalgas, también llamado trasero, ano o recto), borrándome de forma incomprensible e inexplicable mis siempre útiles y valiosos comentarios -como es el caso ahora, que tampoco me deja publicar-.
ResponderEliminar:D (TFL)