jueves, 8 de diciembre de 2011

Poder y no querer. Querer y no poder

Era una persona muy ocupada. Digno del siglo en el que había nacido. De casa al trabajo, del trabajo a clase, de clase a casa. Sin tiempo para detenerse, ni tan solo un instante para pensar. Era todo monotonía, rutina. No pensaba en nada ni en nadie, ni siquiera en sí mismo. Tenía una numerosísima familia, muchos amigos y miles de conocidos, pero nunca intimó con ninguno de ellos. No tenía tiempo. Quería vivir rápido, abarcar tanto como pudiese, para llegado el momento poder disfrutarlo. Por ello, siguió yendo de casa al trabajo, del trabajo a clase, de clase a casa, para que cuando se detuviese y mirase atrás pudiese contarles a todos lo maravillosa y excitante que había sido su vida.

Pero en el instante en el que paró, cuando ya había experimentado todo lo experimentable, conocido todo lo cognoscible, probado todo lo probable, ya no quedaba nada. Ya no quedaban amigos, ni familia ni conocidos. Se habían cansado de esperarle. Tenía muchísimas historias con las que entretener, muchos consejos que dar, pero nadie a quien contárselos, nadie que se interesase por ellos.

Se dio cuenta de su error demasiado tarde. La vida no hay que contarla, sino compartirla día a día. Y se lamentó de no haber querido cuando realmente pudo. Porque ahora quería, pero ya no podía.

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