jueves, 8 de septiembre de 2011

Tortura inevitable

Me senté en la cama, pudorosa y algo asustada. Tranquila, esto es algo normal, todo el mundo lo hace, intenté convencerme. Además, no es su primera vez, ya lleva años de práctica.

No sabía cómo colocarme: sentada, tumbada hacia arriba, de lado o boca abajo. Finalmente, opté por la cuarta opción y me tumbé dándole la espalda. Empecé a temblar ante el esperado dolor, porque iba a dolerme, lo sabía. Por más que me hubieran asegurado lo contrario, mentían. Yo llevaba años escuchando los gritos de mi madre cuando ésta se ponía en manos de mi padre.

Os preguntaréis entonces por qué motivo me encontraba yo allí. Hasta entonces no había querido pasar este ritual, pero mi cuerpo ya estaba cansado de esperar y me lo pedía a gritos.

Sentí sus manos sobre mi piel, noté cómo se movían y cómo palpaban en busca del que sería el foco del dolor. Mi corazón empezó a palpitar con mayor celeridad, mi respiración se volvió agitada y unas ligeras convulsiones recorrieron mi cuerpo ante aquel venidero sufrimiento, una tortura inevitable que no se hizo esperar.

Me arrepentí al instante. No entendí cómo era posible que un ser querido te hiciera tanto daño. Aguanté la respiración y cerré los ojos. Unas tímidas lágrimas asomaron entre mis pestañas. Sentí vergüenza de volver a abrirlos.

“Ya está, vístete”, me ordenó al cabo de 10 brutales minutos. Me levanté dolorida mientras escuchaba cómo él iba al baño y se lavaba las manos.

“Tendrás algunas molestias durante un par de días”, me previno. “Vale, papá” le contesté mientras salía de la habitación.

Sabía que me quedaba una larga recuperación, pero me sentí orgullosa. Había sobrevivido a aquella contracción muscular que mi padre, experimentado masajista, había logrado aliviar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario