Hoy me gustaría hablaros de los orígenes de la mejor amiga de una mujer: su menstruación.
Los hombres no entienden el estrecho vínculo que nos une a ella, pero es ella la que controla nuestras vidas. Sobre ella gira nuestro día a día. Ella puede hacer que pasemos de ser la mujer más dichosa a la más desgraciada en cuestión de segundos (¡vivan los cambios de humor!).
Un ejemplo claro para que la entendáis, amigos varones: Su volubilidad provoca que un mes la consideremos como si de una maldita factura más se tratara (risa me dan a mí aquellos que se quejan de Telefónica) y al mes siguiente (un mes sexualmente productivo), sea considerada la quiniela acertada, o como si jugando al parchís sacaras dos seises, un cinco, te comieras a tu rival, contaras veinte, volvieras a comerte otra, contaras otros veinte y la metieras en casa. La alegría padre, vamos.
Cierto es que son más disgustos que alegrías los que conlleva, pero yo no pierdo la esperanza y sigo ávidamente jugando al parchís.
Pero, ¿por qué debemos sufrir semejante tormento?
Muchos historiadores, forenses y jugadores de mus en bares locales han meditado sobre ello sin llegar a una conclusión común. Hombres.
Yo os narraré la verdadera historia del surgimiento de esta expulsión periódica por vía vaginal de sangre y material celular procedente de la matriz:
Hace ya algunos milenios, coincidiendo casualmente con la creación del mundo, aparecieron de la nada dos jóvenes macacos (no confundir con Macaco, célebre cantautor): él se llamaba Adán y ella, Gumersinda. Adán y Gumersinda vivían felices con su padre el Primate, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible, etc.
Gumersinda era una bonita simia, peludita (muy darwiniana ella) y coqueta.
Adán se pirraba por sus cuatro extremidades, su pulgar oponible, su cerebro lobulado de gran desarrollo, su dentadura completa, sus ojos en posición anterior, sus mamas en situación pectoral y su cuerpo cubierto de pelo (Nota al pie: gracias wikipedia).
Padre Primate les prohibió terminantemente que copularan, pues sería tachado de incesto y eso, en una comunidad mical (ingenioso adjetivo proveniente de ‘mico’), sí que no.
Además, existía otro ínfimo personaje en esta historia: Paquita. Paquita era la tía abuela de Adán y Gumersinda. Era una anciana severa, inflexible que llevaba a Gumersinda por la calle de la amargura, porque por Blasco Ibañez se daba más vuelta. Paquita estaba totalmente en contra del amor, de la pasión y de cualquier otro sentimiento que afectara al cuerpo. Paquita se presentaba de improviso en casa, así pues, Adán y Gumersinda lo tenían bastante chungo.
A pesar de todo, la lujuria se apoderó de sus cuerpos vellosos y Adán y Gumersinda copularon como conejos, digo, como macacos. Cuando Padre Primate se enteró, montó en cólera y se fue galopando hasta casa, ató a Cólera en el poste y, escuchando los maullidos de sus descendientes, entró como alma que lleva el diablo (quien, por cierto, era tío de ambos, por parte de madre, claro).
Ante semejante estampa (perdonad la falta de detalles, pero acabo de comer), PP, como le llamaban cariñosamente sus vástagos, desterró a sus dos primogénitos a vivir en pecado, lejos de casa. Pero Adán, que era muy listo, sacó tajada y él y Gumersinda se pillaron un piso en la capital y desfasaron día sí, día también [Inciso: de aquí proviene la tradición universitaria del jueves noche: en honor a Adán y Gumersinda los universitarios festejan su amor dándolo todo y más].
Pero PP se enteró y haciendo gala (como Antonio) de su truculenta intransigencia, despojó a Adán de toda su inteligencia y condenó a Gumersinda a sufrir las inclemencias de su tía Paquita, quien a partir de entonces, la visitaría todos los meses.
Y así, PP se convirtió en PSOE (Padre Sin Obligaciones Emocionales).
Esta historia ha circulado de padres a hijos, de país en país, de facebook en facebook, hasta nuestros días, cambiando así nombres, fechas y acontecimientos.
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