lunes, 17 de octubre de 2011

Érase una vez, A y B

A y B eran homónimos viviendo en dos mundos equidistantes. En el primero, A era feliz, optimista, motivado. Paralelamente, B era taciturno, pesimista, desmotivado.

B moría de celos ante la ventura de su gemelo, receloso de su dicha siempre eterna. Por ello, B intentó introducirse en el mundo de A, beber de su encanto, absorber su prosperidad en auge. Quería probar cómo sería vivir en un mundo colorido, sin melancolías, sin retraimientos. Pensó que el más ahogaría el menos.

Pero quiso el destino que no fuera así. B no se convirtió en A, porque B era B. Tampoco A, generoso y altruista como sólo A podía serlo, pudo hacer nada por cambiarlo. En este cruce de mundos, en este viaje intergaláctico, tan solo consiguieron modificarse uno al otro sin llegar a transformarse por completo; A pasó a ser un poquito B, y B un poquito A.

A y B eran hombres, eran mujeres. A y B eran niños, eran jóvenes, eran viejos. A y B tenían el pelo claro, tenían el pelo oscuro, tenían el pelo teñido. A y B eran altos, eran bajos, tenían una estatura media. A y B eran estudiantes, eran trabajadores, eran asalariados. A y B eran pobres, eran ricos. A y B eran todos, A y B no eran nadie.

2 comentarios:

  1. Espera, antes de responder a esa pregunta, tengo que sacar la alcachofa y convocar una rueda de prensa. Por cierto, esta historia me ha recordado un poco a la boda de la Duquesa de Alba, juas, con el cachondeo de que si se casan o no se casan.

    La verdad es que se vive mejor sin televisión, os lo dice una chica maguncina que no tiene dicho aparato en su vivienda y a la que le quedan seis benditos meses de pasar sin ella.

    Agur!

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