Así se titula una noticia que circula desde hace algunos días por el mundo periodístico. Las reacciones ante tal extravagante suceso han sido dispares: cómicas, jocosas, burlescas, anonadadas, enojadas, indignantes, compasivas… Pero prácticamente todas las opiniones surgidas tachan a la anciana de loca y compadecen al semental cincuentón.
Yo quiero, en este fútil blog y desde mi modesta perspectiva, crear una nueva línea de estudio para estos casos. Así pues, os narraré la historia tal y como pudo haber sucedido:
Erase una vez, una afable nonagenaria que vivía en un bonito barrio a las afueras de una gran ciudad. Su familia vivía muy muy lejos, de ahí que la anciana estuviera sola. Un buen día, llamó a su puerta un jovenzuelo vecino de tan solo 53 años. Éste le pidió un poco de sal. El corazón de la mujer se aceleró rápidamente. Cabe explicar que en su tierna juventud, hacía más de siete decenios, "pedirle sal a alguien”era un claro sinónimo de “querer mambo con ese alguien”. Los jóvenes de aquella época debían inventar frases de aquel estilo para eludir las adustas reglas que marcaba la sociedad.
Así pues, la mujer, quien no había catado hombre desde hacía un lustro, se emocionó. Volvió a tener ilusión por la vida. A partir de ese día, empezó a arreglarse: de buena mañana, se pasaba el cortacésped por el cuerpo, limpiaba las telarañas que habían crecido en sus pañales, se embadurnaba con litros de colonia… y todo por y para él.
Cierto día, jugando al básquet con amigos, unos tipos del barrio… ¡ay no! Me he equivocado de historia… Retomo:
Cierto día, la ilusionada (a la par que ilusa) nonagenaria, anhelando contacto masculino y cansada de esperar a que el hombre diera el primer paso, se decidió a darlo ella y, con arrojo e intrepidez, le pidió a su vecino un beso. Un simple y casto beso que le devolviera a la juventud, a esos años de locura y pasión, aunque tan solo fuera por un microsegundo. Pero no, él se negó. Y, por ello, la anciana, con el corazón destrozado, tomó su venganza.
Y a partir de aquí, mi reflexión de hoy. ¿Qué le costaba al hombre dar un simple beso a una anciana? Para él puede que no significara nada, pero para ella era un mundo. Una nimia caricia labial era el motivo para levantarse cada día, la causa por la cual vivir valía la pena. El solo contacto de unos labios con los suyos hubiera renovado su ser, le hubiera ayudado a aguantar los pocos años que le quedaran por delante.
Así que, hombres y mujeres del mundo, os hago un llamamiento para que si alguien necesitado os pide un beso, le concedáis al menos ese mísero deseo. No seais tan ávaros como el protagonista de la historia. Nunca se sabe qué chispa puede surgir de esa inocente fricción.
Me uno al llamamiento. Ya lo dijo el filósofo: "Y eso es lo que quiero, besos" (Dani Martín, catedrático de metafísica).
ResponderEliminarYo quiero besos, y creo que me los merezco. Porque he sido besado por muchas ancianas, no es algo de lo que mostrarse orgulloso, de hecho no es recuerdo agradable. He sido besado y acariciado por muchas ancianas, besos ventosa y besos con un extraño bigote que les sale a algunas ancianas y que es muy fino y punzante, como el de los gatos. Ahora, tras leer esto, confío en una especie de compensación, quién sabe si equilibrio divino, y espero que por cada beso de estos, reciba un beso de los buenos, de mujeres con piel tersa y sin bigote.
Un beso Sara. Un beso.
NO digo que no tengáis razón, amigos blogueantes... pero yo entiendo al hombre. Imaginad a la pobre señora de 90 años, que, como bien dice nuestra fémina sin acentos, hacía más de un lustro que no probaba la miel de la vida...
ResponderEliminar¡Imaginad lo mucho que le cantaría el pozo! El pobre cincuentón debió sentirse tan mareado que ni siquiera pudo reaccionar en ese momento. ¬¬
(Una ferviente lectora) ¡Muak! ;)