Miré el reloj: 8:43. Faltaban menos de diez minutos para que pasara. Debía de apresurarme.
Cogí el abrigo y la mochila y salí de casa lanzando un beso al aire en busca de dueño. Corrí por las calles frías y casi desiertas como alma que lleva el diablo, es decir, como cada mañana. Llegué a la parada a las 8:49. Justo a tiempo. Soy un crack. Había ante mí otros que me habían ganado: un par de estudiantes, algún que otro parado y unas tres o cuatro ancianitas. Mis ídolos a partir de ahora.
El monstruo color amarillo sin limpiar apareció por la esquina y la gente se dispuso a montar en él. Por el rabillo del ojo observé cómo un hombre se colaba por la puerta trasera, librándose así de pagar. Otro hombre, delante de mí, también se había dado cuenta. Nos miramos. Ninguno dijo nada.
Subí al autobús y, tras dejarme un riñón, me dirigí a la parte trasera hasta llegar a mi habitual aposento. Mi cuerpo se quedó paralizado cuando vi que el polizón se había adueñado de mi asiento. Lanzándole la mirada de “Estás muerto para mí” mientras no miraba, continué avanzando por el pasillo, intentando no golpearme debido a los vaivenes del bus, hasta llegar a la última fila.
Me senté y, tras refunfuñar algunos minutos, me di cuenta del panorama que se alzaba ante mí. La parte trasera del asiento de delante se encontraba totalmente tatuada por las escrituras de una joven enamorada. Frases como “eres mi vidaah”, “tú y yo S.I.E.M.P.R.E” o “mi pixulina” revestían el asiento. En grande, sus nombres: La Isa y El Bryan, y la fecha: 20.05.10.
Con un largo trayecto por delante, me dispuse a imaginar qué sería de aquella “pixulina” pareja…
A La Isa y El Bryan la vida les sonríe. Ninguno de ellos tiene almorranas. La Isa se fue del instituto porque los profesores no le permitían escribir determinantes delante de los nombres ni ponerle h a todas las palabras que acaban en vocal, y La Isa por ahí no pasaba. Así que La Isa se lo contó a El Bryan y éste le reconfortó diciéndole que no se preocupara, que él cuidaría de ella. Como agradecimiento, La Isa pintó un vagón de metro con sus nombres.
La Isa ahora trabaja de limpiadora. Sus antiguas tendencias se han vuelto en contra suya. Cada noche, La Isa llega a la estación de autobuses y con un cubo y un trapo frota de arriba abajo, de derecha a izquierda, el autobús entero. Borrando para siempre dedicatorias como la que, un veinte de mayo, ella misma escribió en este mismo asiento en el que me hallo.
JAAAAAAAAAAAjajjajaajajaja. Me parto. De verdad, de verdad, de verdad de la buena. Magistral.
ResponderEliminarNo sé qué es lo que más me ha gustado: si la rima final o tus ídolos de la velocidad (¡ande vas a comparar las carreras de dos pensionistas con las de un hombre fuerte, cheee! Usain Bolt no les llega ni a la suela del zapato). ¡Te leo, Fémina! ¡Sigue así! ¡Y larga vida a la Isa y al Bryan!